El ojo de Dama Dulce

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El ojo de Dama DulceErase una vez una anciana llamada Dama Dulce que se pasaba los días trayendo niños al mundo y cuidándolos. Una nevada noche de invierno recibió la visita de un desconocido: un jinete vestido de negro le suplicó que fuera a cuidar de su hijo, pues la madre estaba enferma.
Dama Dulce estaba acostumbrada a esa clase de peticiones. Metió algunos de sus efectos personales en una maleta y subió al caballo detrás del jinete. La noche era tan oscura y el caballo tan veloz que Dama Dulce no tenía la menor idea de hacia dónde se dirigía.
Al rato llegaron a la casa del desconocido, una cabaña remota bastante acogedora, amueblada con sencillez. Un fuego ardía en la chimenea, de una de las vigas del techo colgaba una lámpara de aceite, y la mujer del desconocido estaba sentada en la cama meciendo a su bebé. Sus otros hijos se habían sentado en diferentes partes de la habitación y leían o jugaban tranquilamente.
La mujer enferma entregó el bebé a Dama Dulce, junto con una pequeña jarra de plata que contenía un ungüento con olor a almendras. “Si el niño se despierta, suavízale los párpados con esto”, le dijo.
Dama Dulce se instaló en la cabaña, y mientras mecía al niño, ayudaba a la madre en las tareas de la casa. Cuando el bebé se despertó, Dama Dulce le untó ambos párpados con una pequeña cantidad de ungüento.
En todos los años que llevaba cuidando niños Dama Dulce no había oído hablar de esta práctica. Los ojos del bebé estaban sanos, y no entendía por qué la madre insistía en que se le untaran los párpados.
Su curiosidad, sin embargo, se vio satisfecha. Un día, cuando nadie la veía, introdujo un dedo en la jarra y se untó un poco de aquel ungüento en el párpado del ojo derecho.
En cuanto lo hizo, la cabaña y sus habitantes se transformaron; era como si los muebles fueran de oro y el fuego de la chimenea ardiera en llamaradas de color azul; el bebé ya no era un querubín de rostro colorado: las orejas eran puntiagudas, los ojos verdes, y los dientes afilados; en la cabeza, en vez de cabello fino y suave, tenía ciempiés.
El desconocido que la había llevado a la casa se había encogido a la mitad de su estatura, y sus manos parecían garras. La madre también se había transformado, la cama en la que yacía estaba hecha de hierba y los niños, a su alrededor, tenían pezuñas en lugar de pies.
Si Dama Dulce cerraba el ojo derecho todo parecía normal, pero en cuánto lo abría volvían las espantosas apariciones. La aterrorizada mujer supo que para conservar la cordura, y quizás incluso la vida, debía salir de inmediato. Soltó aquello que sostenía, y se adentró en la noche.
Dama Dulce no volvió jamás a abrir el ojo derecho; lo selló con la cera de una vela y lo mantuvo cerrado, como la tapa de una tumba.

Brian Patten, El gigante de la historia. México, SEP–Océano, 2004.

Lectura con 498 palabras.

La maestra Sofía

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La maestra SofíaTodos fuimos muy felices hasta hoy, que llegó la maestra Sofía y lo primero que dijo, sin saludar ni nada, fue:
–Saquen una hoja, vamos a hacer un examen sorpresa.
Nos lo dijo tan sonriente y amable que parecía que no se daba cuenta de lo trágico que era para nosotros. Para todos menos para José Manuel, que en lugar de levantar la mano y reclamar –como hicimos todos los demás, que somos personas normales–, sacó su hoja y su lápiz y nos dijo que nos calláramos, que los exámenes sorpresa eran un buen método para comprobar qué tan flojos éramos.
Yo odio los exámenes. Sobre todo cuando no sé cómo contestarlos. Además pienso que si la maestra quiere probar qué tan estudiosos somos, sería mejor que avisara, así nosotros podríamos estudiar y ella sería más feliz si no reprobáramos tanto.
Y yo, que ya había inventado un nuevo método para hacer trampa en los exámenes y no lo pude usar porque éste fue de improviso. El truco consiste en escribir en la goma la respuesta que uno está solicitando y pasarla a un compañero inteligente que no sea José Manuel porque él nunca sopla. El compañero inteligente escribe la respuesta del otro lado y manda la goma de regreso. No lo pude hacer porque mi lugar de siempre queda entre Javier y Luis Arturo, y no me dio tiempo de cambiarme de lugar. Javier es igual de estudioso que yo (o sea no mucho), pero Luis Arturo es el más burro de la clase, y creo que de la escuela y quizá hasta de todo México.
Nos dimos cuenta una vez que la maestra Sofía le preguntó qué era un ave canora y el muy bruto dijo que era una cruza de perro y ave. Todos nos reímos mucho y la maestra le dijo que no era eso, que pensara bien. Luis Arturo dijo entonces que un ave canora era un pájaro que viajaba en barco, y lo que pasa es que dijo a lo que le sonaba la palabra y se le había olvidado que la maestra Sofía nos enseñó que a los pájaros que cantan se les llama aves canoras.
Hubiera sido yo muy idiota de pedirle a Luis Arturo las respuestas sabiendo las barbaridades que siempre contesta. Y me moría de envidia cuando vi a Edgar, que tuvo la suerte de tener sentada a María Esther junto a él; aunque María Esther es horrorosa, siempre le va bien en la escuela, y como está enamorada de Edgar, le pasó el examen completito. Claro que Edgar se tuvo que pasar el recreo sentado con ella, pero dice que valió la pena.

Mónica Beltrán Brozón, ¡Casi medio año! México, SEP–SM, 2003.

Lectura con 445 palabras

Que no lo toquen ni las moscas

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Que no lo toquen ni las moscasAhora que estoy viejo debo confesarlo: yo fui un niño insoportable.
Sí, consentido, grosero y llorón. De esos que escupen, pican los ojos y muerden; que le levantan la falda a sus compañeras del salón; que rompen los juguetes ajenos, y también los propios si ya están aburridos; que se meten los dedos a la nariz; que hacen la tarea sólo cuando se les da la gana; de esos que se meten a la boca doce barras de chicle para después pegarlas en la cola de un gato o en el pelo de una niña gorda.
“Federico, me pegó un chicle en la cabeza”, solían acusarme señalando las pecas de mi nariz.
“¿Yo? –contestaba yo– No es cierto.”
Me encantaba tocar los timbres del vecindario y salir corriendo, romper vidrios con la resortera, y si se trataba de jugar con niñas les metía unos buenos pellizcotes, aplastaba sus pastelitos de tierra o pisaba sus muñecas. No era raro que alguien fuera con el chisme a mi mamá, pero al poco tiempo dejaron de hacerlo porque ella siempre contestaba lo mismo:
“Creo que usted está diciendo una mentira. Mi angelito no sería capaz de hacer eso.”
Y cuando se alejaba quien me había acusado, yo lo alcanzaba, le sacaba la lengua y le hacía una sonora trompetilla.
Yo era el rey de la casa, me compraban lo que quería, tenía un cuarto lleno de juguetes donde había desde bicicletas, balones y rifles de diábolos, hasta yoyos de todos los colores. Sólo comía lo que se me antojaba y, aunque era un glotón de lo peor, estaba tan flaco como una lombriz pues mi dieta era a base de pastelitos, dulces y refrescos de cola. Si a la hora de la comida me ponían un plato con sopa de verduras, yo decía:
¡Guácala!
De hígado encebollado:
¡Guácala!
De pollo:
¡Guácala!
Siempre contestaba lo mismo. Por si esto fuera poco, mis papás me cuidaban como a un tesoro: me traían arropado con un suéter, aunque hiciera calor, y desinfectaban cualquier cosa que tocara mi piel. No dejaban que se me arrimara ningún perro, a menos que estuviera vacunado, y estaban atentos de matar cualquier araña, cucaracha o mosca que se me acercara.
Este libro es la historia de cómo cambió mi vida y me convertí en un niño diferente.
Y, ¿cómo le habrá hecho? Porque un niño así es insoportable. ¿O no? ¿Quiénes de ustedes son insoportables? Por favor, alcen la mano.

Óscar Martínez Vélez, ¡Guácala! México, SEP–SM, 2004.

Lectura con 409 palabras.

¿Por qué tiene la ballena tan singular garganta?

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Hace ya mucho tiempo, hijo mío, hubo en el mar una Ballena que se alimentaba de peces. Comía estrellas de mar, cangrejos, pargos, huachinangos, dorados y calamares, sin olvidar la onduladísima anguila. A cuantos peces encontraba en el mar los devoraba con la boca abierta… ¡Así! Hasta que, al fin, sólo quedó en los mares un pececillo solitario, el cual era astuto de veras, y empezó a nadar detrás de la oreja derecha de la Ballena, de modo que no corría ningún riesgo.
Hasta que un día se irguió la Ballena sobre su cola y exclamó:
–¡Tengo hambre!
Y el pez pequeño y astuto dijo, con una vocecita astuta de verdad:
–¡Oh noble y generoso cetáceo! ¿No has probado nunca el hombre?
–No –contestó la ballena– ¿A qué sabe?
–Está muy rico –dijo el pececillo astuto–. Es muy sabroso, aunque algo duro.
–Siendo así, tráeme algunos –dijo la Ballena. Y dando un coletazo, levantó un penacho de espuma.
–Basta con uno cada vez –dijo el pez astuto–. Si vas nadando hasta la latitud de 50º Norte y la longitud 40º Oeste (esto es cosa de magia), encontrarás a un marinero náufrago, sentado en una balsa, en medio del mar. Sólo lleva unos pantalones de lona azul, unos tirantes (no olvides esto de los tirantes, hijo mío) y una navaja marinera. He de prevenirte que es hombre de infinitos recursos y de extraordinaria sagacidad.
Así pues, la Ballena se fue nadando, nadando, hasta alcanzar la latitud 50 grados Norte y la longitud 40 grados Oeste y en efecto, sentado en una balsa, en medio del mar, llevando sólo unos pantalones de lona azul, unos tirantes (acuérdate especialmente de los tirantes hijo mío) y una navaja marinera, vio a un marinero náufrago que se refrescaba en el agua la punta del pie. (Había pedido permiso a su madre para mojarse los pies un poquito; de lo contrario no se habría atrevido a hacerlo, pues era en extremo avisado y sagaz).
¿Se imaginan, un marinero que tiene que pedirle permiso a su mamá para mojarse los pies? Qué locura. Y no supimos por qué la ballena tiene la garganta como la tiene… ¿Ustedes piensan quedarse con la curiosidad? Yo no. Así que voy a tener que conseguir el libro.
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Rudyard Kipling, “¿Por qué tiene la ballena tan singular garganta?” en Precisamente Así. México, SEP-Juventud, 2002.
Lectura con 378 palabras
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La última vida de un gato

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Aquel sábado de luna llena, al joven gato llamado Toñete se le antojó que era una noche ideal para echar relajo. Fue a visitar a su amigo de juergas, el viejo gato llamado Chilaquil. Lo encontró tirado en el tapete persa de la tibia sala donde vivía con sus amos.

Lo despertó de un mordisco en la cola. Chilaquil saltó de susto, creyendo que era un perro, pero al ver a Toñete muerto de la risa, lo correteó por debajo de las sillas hasta atraparlo entre sus garras.

–¡Menso! –lo zarandeó–. ¿No comprendes que me pudo haber dado un paro cardiaco?
–Volverías a nacer –dijo Toñete. ¿Ya no te acuerdas que los gatos tenemos siete vidas?
–Yo ya no –le soltó Chilaquil y se trepó en el respaldo de un sofá, sumamente agobiado.
–A mí nada más me queda una.
Al Chilaquil le gustaba mucho ver las telenovelas, por lo que Toñete creyó que estaba actuando. De un brinco se sentó a su lado, en el cojín del sofá.
–¿Qué tal te caerían unas sabrosas tripas de gallina? –le preguntó lamiéndose los bigotes. Ayer que andaba de vago, descubrí una pollería con un agujero en el techo. Nomás es cosa de hacernos flaquitos para caber. Vamos, no te vas a arrepentir. Queda a unas cuantas azoteas de aquí.
– No, gracias, si algo me sobra es comida. –respondió el veterano gato. Se dirigió al refrigerador y lo abrió con el hocico. Había todo lo que hay en el mercado.
– Lo sé –gruñó Toñete–; pero el chiste no es llenar la buchaca, sino correr una aventura. A lo mejor nos topamos con unos ratones y los perseguimos, como si fuéramos judiciales y ellos ladrones. ¿A poco a no te gustan las emociones fuertes?
– Ya no, desde que hoy me puse a hacer cuentas y resultó que sólo me queda una vida.
– ¿No habrás sumado mal?
– ¡Ni que fuera burro, soy gato! –afirmó con orgullo Chilaquil. Luego, la cara se le alargó–. Si llegará a perder esta vida que tengo, moriría para siempre.
Así como sus amos les invitaban a sus visitas una taza de café cuando platicaban de temas importantes, Chilaquil le invitó a Toñete la leche que él no había probado.
–Ahora que estás muchacho y no has perdido ninguna vida, deberías recapacitar –le dijo–…
–Tú hablas así porque ya estás ruco –replicó Toñete–; pero yo soy un gato jovenazo y con cierto pegue con las gatas chavas. Si hubiera perdido ya alguna vida a lo mejor te hacía caso pero tengo mis siete vidorrias bien enteritas…
A Chilaquil le dio lástima que se expresará de esa manera. No lo contradijo por no discutir. Sólo le hizo una invitación.
–Mañana voy a ir con mis amos de día de campo. Ellos ya te conocen y se sentirían felices de llevarte. Vamos, así ya tendría con quien ir maullando.
–Se te agradece… pero yo soy un gato de grandes aventuras –presumió Toñete encaminándose a la ventana abierta…
Al día siguiente, Chilaquil despertó con el ir y venir de botas y tenis que pasaban a su lado… En el cielo blanquecino brillaba un sol dominguero.
Chilaquil se disponía a ocupar su lugar en la cajuela, cuando sus japoneses ojos se toparon con la maltrecha estampa de Toñete. Apenas sí podía cruzar la calle, todo revolcado, con el pelambre tieso de sangre seca.
–¿Qué te pasó? –se adelantó Chilaquil a saludarlo– ¿No me digas que te explotó el boiler?


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Fidencio González Montes, “La última vida de un gato” en La última vida de un gato y otros cuentos. México, SEP-Castillo, 2003.
Lectura con 580 palabras
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El pizarrón encantado

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Portada del libro
Adrián estaba de vacaciones y jugaba a la pelota con sus amigos en el callejón. A veces metían gol, a veces rompían una ventana, así como ahora que se asomó a gritarles un profesor barbudo y Adrián llegó a su casa muy aprisa, sin aire, porque subió cuatro pisos corriendo.
–Ya llegué –gritó, como siempre.
Nadie le contestó. Su mamá no vino de la cocina y de las otras piezas tampoco vino nadie. Adrián prendió la luz, pues empezaba a oscurecer. En la mesa del comedor encontró un papel que decía:
Adrián:
Tu papá está enfermo y tengo que irme con él enseguida. Por más que te busqué, quién sabe dónde andabas. Hijito, pórtate bien. Te dejo cinco pesos para que te vayas a casa de tu tío Austero. Le das la carta que aquí verás. Hijo, pórtate deveras bien, lávate los dientes y acuérdate de decir buenos días.
Muchos besos de tu mamá.
Adrián se quedó leyendo la carta varias veces. Apagó las luces, tomó una maletita que le había preparado su mamá y cerró el departamento con llave.
La casa de los tíos era muy grande, con un portón medio desvencijado. Adrián no alcanzaba el timbre; tocó el aldabón y lo oyó retumbar. El aldabón era una cabeza de perro que se le quedó viendo de mal modo, como diciendo: toca más quedito.
La casa estaba llena de roperos con espejos; tenía más escaleras de lo que parecía necesario y un sótano enorme. También muchos rincones, tinas de baño con patas de animal, selva de plantas en los corredores y un loro malhumorado, el cual gustaba de recitar poesía, pero no lo hacía muy bien y se le revolvían los poemas.
Vivían allí, además, tres gatos amistosos: Pitirifas, Fadrique y Numa. Aceptaban a veces jugar con Adrián y dormían con él por turnos, pues en la noche tenían muchas obligaciones.
Y sucedió así, y aquí viene ya lo más importante y digno de contar: que los gatos jugaban al escondite con Adrián. Y bajaron corriendo al sótano, y se escondieron dentro…
¡De pronto Adrián se fue de boca!… El sótano estaba lleno de cosas curiosísimas: retratos y cuadros, un espejo muy empañado, un ángel manco y sin nariz, varios baúles, sillas cojas, un ropero chueco donde había bastantes frascos raros y retorcidos, con líquidos de colores, y un cucurucho de seda negra, muy viejo, con bordados en oro, de estrellas y lunas; y un pizarrón muy terso, con marco azul, que mientras lo miraba fue poniéndose rojo y luego cambió a morado y a verde. Esto era muy bonito y asombroso. Adrián tomó un gis y pensó escribir algo. ¡Ah¡ ya sé qué…
El pizarrón encantado es un cuento delicioso. Adrián va a escribir GATOS y después va a borrar la G, va a escribir P, y… los tres pobres gatos quedarán convertidos en patos y así descubrirá el niño que el pizarrón tiene poderes y luego… luego ya no les cuento nada, para que busquen el libro y lo lean. Ya después lo comentamos.


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Emilio Carballido, El pizarrón encantado. México, SEP, 1988.
Lectura con 507 palabras
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Tesoros del campo en Milpa Alta

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Los primeros en descubrir el gran lago rodeado de montañas fueron los animales. Por el aire llegaron las

águilas, los patos, los colibríes y las abejas. Por la tierra, los venados, las ardillas, las víboras, y los coyotes persiguiendo a los tlacuaches. Y por el agua, por los ríos, llegaron los peces y los ajolotes. Y como el clima era tan agradable, el agua tan cristalina, los cielos tan transparentes y todo el valle rebosaba de árboles y flores, los animales se quedaron a vivir allí.

Hasta que un día vinieron los hombres. Al principio eran muy poquitos y los únicos que se dieron cuenta de su llegada fueron los mosquitos que se dieron un atracón. Pero de pronto, empezaron a venir de todas partes, secaron el lago, cortaron los árboles y oscurecieron el cielo. Los animales que pudieron se marcharon, y los demás se fueron acabando.
Sólo las personas que se establecieron cerca de un volcancito apagado que se llama Teuhtli, en las orillas del valle eran diferentes. Les gustaban los animales y las plantas. Y mientras los demás hombres acababan con todo, ellos aprendieron a trabajar el campo, a cuidar los bosques y los lagos, y a respetar a los animales que se quedaron a vivir con ellos. Y como aún conviven con la naturaleza los que viven en ese lugar que hoy se llama Milpa Alta, saben muchos relatos maravillosos que los habitantes de la ciudad ya han olvidado.

El canto de las ardillas
Antes en Milpa Alta no se cultivaba el nopal. El maíz, el frijol y el haba eran los principales cultivos. Los campesinos cuentan que tenían un problema con las ardillas porque se comían los elotes, y aunque mandaban a sus hijos a espantarlas ellas no se iban. Entonces ellos decidieron hacer una canción para pedirles a las ardillas que no se comieran los elotes:

Ardilla, ardillita no vayas a comer
el maicito que acabo de sembrar.
No lo vayas a comer, no lo vayas a comer.
Ya va a llover, ya truena el cielo.
No lo vayas a comer.

Desde entonces, los campesinos de Milpa Alta protegen su milpa de las ardillas cantando esta canción.
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Jaime Beltrán Romero, Tesoros del campo de Milpa Alta. México, SEP-Etnobiología para la conservación, 2006.
Lectura 362 con palabras
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Tus dientes

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Tus dientes están recubiertos de una capa protectora de esmalte hecho de carbonato de calcio duro cristalizado. Esta capa de esmalte endurece tus

dientes lo suficiente como para soportar toda una vida de uso y desgaste, pero sólo si los cuidas debidamente, porque, aunque es la sustancia más dura del cuerpo, el esmalte también es vulnerable a las caries.

Para qué son los dientes.
Los humanos somos omnívoros, lo cual significa que podemos comer plantas o animales. La primera serie de 20 dientes de leche será reemplazada y, cuando alcances los 20 años de edad, tendrás un juego completo de 32 dientes definitivos. Los dientes adultos tienen varias formas distintas que nos ayudan a desgarrar, triturar y moler los alimentos.

Los dientes están vivos.
La parte de los dientes que puedes ver está formada de esmalte blanco y duro. Debajo hay un tejido óseo llamado dentina. En el centro de cada diente hay una pulpa blanda en la que están los nervios y los vasos sanguíneos.

Caries de los dientes.
El sarro es una mezcla de restos de comida y bacterias que se forma cada día en los dientes. Las bacterias producen un ácido que se como el esmalte.
La caries ha atravesado el esmalte y llegado a la dentina. El dentista lima la caries y llena el diente con una mezcla de metales que impide que la caries continúe.

Algunas personas llevan alambres para ajustar los dientes y corregir su posición. Es posible que haya que extraer uno o más dientes para evitar que se monten unos sobre otros cuando los dientes traten de ocupar su posición correcta.
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Paul Dawson, Explorar el cuerpo humano ¡un viaje increíble por tu cuerpo! México, SEP-Cordillera de los Andes, 2004.
Lectura con 269 palabras
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La máquina de hacer las tareas

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Un día llamó a nuestra puerta un tipo extraño: Un hombrecillo ridículo, algo más alto que dos cerillas. Llevaba, cargada a la espalda, una bolsa más grande que él.

–Aquí traigo aparatos para vender –dijo.
–Enséñemelos –dijo papá.
–Esto es una máquina de hacer las tareas. Apretando el botoncito rojo se resuelven los problemas; el botoncito amarillo es para desarrollar los temas y el botoncito verde sirve para aprender geografía. La máquina lo hace todo ella sola, en un minuto.
–¡Cómpramela, papá! –dije yo.
–Bueno. ¿Cuánto pide por ella?
–No quiero dinero –dijo el hombrecillo.
–¡No trabajará sólo por amor el arte!
–No, pero no quiero dinero por la máquina. Quiero el cerebro de su hijo.
–¿Está loco? –exclamó papá.
–Escúcheme, señor –dijo el hombrecillo, sonriendo–, si la máquina le hace las tareas, ¿para qué le sirva el cerebro?
–¡Cómprame la máquina papá! –imploré–¿Para qué quiero el cerebro?
Papá me miró un instante y después dijo:
–Bueno, llévese su cerebro y no se hable más.
El hombrecillo me quitó el cerebro y lo guardó en una bolsita. ¡Qué ligero me sentía sin cerebro! Tan ligero que eché a volar por la habitación, y si papá no me hubiese agarrado a tiempo habría salido volando por la ventana.
–Tendrá que meterlo en una jaula –dijo el hombrecillo.
–¿Por qué? –preguntó papá.
–Porque ya no tiene cerebro. Por eso. Si lo deja suelto volará hasta los bosques como un pajarillo y en pocos días morirá de hambre.
Papá me encerró en una jaula, como si fuera un canario. La jaula era pequeña, estrecha, no podía moverme. Las barras me apretaban, me apretaban tanto que… Me desperté asustado. ¡Menos mal que sólo había sido un sueño!
Inmediatamente me puse a hacer la tarea.
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Gianni Rodari. Cuentos largos como una sonrisa, Barcelona, La Galera, 2000.
Lectura con 292 palabras
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Una familia numerosa y rica

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Pequeñitas, de 5 a 10 centímetros, o gigantescas como la carroza que le regaló a Cenicienta su hada madrina; amarillas, verdes, anaranjadas, cafecitas rosas, casi blancas, rojas; alargadas, redondas,

curvas, achatadas, rectas; de piel lisita y suave, o rugosa y áspera, o con rayas profundas, que les marcan gajos como si fueran mandarinas. Las calabazas pueden ser tan diferentes unas de otras porque pertenecen a una familia numerosa, con más de cien variedades.

Cuenta el cronista Diego de Landa que en América las calabazas se usaban “…para comer asadas y cocidas…, las pepitas para hacer guisados…, ya secas como… recipientes o vasos”.
En efecto, de las calabazas se utiliza todo: pulpa, semillas y cáscara. Con esta última, los niños ahora hacen lámparas el Día de Muertos.
Las calabazas son cucurbitáceas de origen americano y sabor delicioso, entre cuyos parientes están el melón, la sandía y el pepino. En América del Sur tiene otros nombres: zapallitos, las calabacitas tiernas y zapallo la grande. Zapallu es una voz quechua.
Las calabazas son un alimento muy popular en toda América: pueden preparase con crema; rellenas de carne o de queso; en budín o en sopa; en guisado, con alubias y maíz; capeadas; con papas en puré; en dulce, cociéndolas con piloncillo o en trozos; y en muchísimas otras formas, todas exquisitas.
¡Se me hace agua la boca!
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Cristina Carbó et al., “Una familia numerosa y rica” en 501 maravillas del viejo Nuevo Mundo 1. México, SEP-Hachette Latinoamericana, 1994.
Lectura con 224 palabras
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