Adiós a las trampas

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La mula no era arisca… pero la hicieron a palos. La falta de respeto por las reglas que existe entre nosotros es, en buena medida, consecuencia de que el encargado de hacerlas cumplir no las respeta ni él mismo. Tampoco las hace respetar, a pesar de ser esa su misión fundamental. Las trampas más dolorosas para la sociedad, sobre las cuales se montan muchas de sus propias trampas, provienen del gobierno, primer responsable (aunque ni de lejos el único) de un círculo vicioso que no es fácil de romper, pero del cuál es indispensable salir para construir una democracia efectiva, un país más productivo y más próspero.
Voy a poner un ejemplo. Enseñamos a los niños y a las niñas que deben respetar las señales de tránsito y todas las demás reglas que los automovilistas y los peatones deben cumplir para que las calles sean seguras.
En muchas escuelas se enseñan las reglas de tránsito muy bien, con conocimiento, paciencia y dedicación. Acuden a la escuela los propios funcionarios de tránsito, hacen una larga demostración, juegan a ser ciudadanos y autoridades, respetan las señales, actúan como debe ser.
Pero muy pronto el futuro ciudadano se enfrenta a la realidad. Se da cuenta de que, muchas veces, es muy fácil no obedecer la regla; de que el rigor con el que está escrito el reglamento no corresponde, ni por asomo, a la discrecionalidad de su cumplimiento; de que el castigo no es seguro y de que, además, es sencillo evitarlo. La autoridad o no hace nada o acepta un arreglo al margen de la regla, una “mordida”.
Ese futuro ciudadano se encuentra con que en muchas ocasiones ni siquiera existe una reprobación social, una sanción moral o una condena por parte de sus conciudadanos por haber roto las reglas. Frecuentemente, incluso, ocurre lo contrario: la trampa es vista como una muestra de habilidad, de destreza, como una manera de salirse con la suya.
El texto habla de la discrecionalidad con que se cumple una regla; es decir, que en lugar de apegarse a lo que dice la ley, una persona decida por su cuenta, a su discreción, lo que hay que hacer.
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Germán Dehesa, Adiós a las trampas. México, SEP-FCE, 2003.
Lectura con 361 palabras.
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