Al campamento

Estándar
–¿Tú sabes qué es un campamento?
–¿Esos lugares donde la gente coloca sus tiendas de lona cuando va al campo?
–Ésos no. En estos que yo digo las carpas están puestas todo el año.
–Entonces, ¿viven ahí?
Mientras sostenían esta conversación, Jaime y Lalo iban caminando junto al carretón de mano. Su dueño lo arrastraba como una verdadera bestia de tiro; el travesaño del pequeño vehículo se le hundía en el estómago, entre las costillas falsas
y los huesos de la cadera, que llevaban el ritmo de las piernas.
Jaime recordó haber visto carretas más grandes arrastradas por caballos. ¿No era acaso aquel hombre algo similar?
El carretón iba cargado hasta el tope con las cosas de los padres de Lalo y de Jaime.
Recordó Jaime que antes de encontrarse con la familia de Lalo el carretón iba más liviano, pues sólo llevaba las pertenencias de su madre: cajas de cartón con ropa, maletas y otros bultos pequeños.
El no había entendido claramente por qué se tenían que ir.
Aquel domingo, su madre había salido a la calle y había regresado con el hombre del carretón. Ella le dio entonces unas indicaciones y él comenzó a cargarlo.
Jaime recordaba además haber leído “Se alquila” en uno de los costados del miserable vehículo.
Los bultos y maletas se terminaron. Se despidieron de los inquilinos que quedaban. Todos les desearon suerte. Y nadie sabía dónde se hallaba el nuevo hogar de Jaime y su madre.
Y caminaron junto al carretón hasta que por casualidad se encontraron con la otra familia, la de Lalo.
Esto había ocurrido unos veinte minutos más tarde.
Lalo había visto aproximarse el carretón y llamó la atención de sus padres.
–Allí vienen otros a los que también echaron –había dicho.
–Nosotros estábamos desesperados, señora– insistía la madre del muchacho.
Y contó su historia.
Habían sido desalojados del apartamento que ocupaban. El alquiler se había ido a las nubes. Entonces el dueño los puso en la calle de la noche a la mañana. Quería tener el apartamento libre para otros inquilinos que pudieran pagar el precio que cobraba.
–Mi caso es distinto –respondió la madre de Jaime. Y continuó–: Pero en el fondo, es casi lo mismo…
Todas esas historias se parecen, y todas son tristes. Hay campamentos para disfrutar unos cuantos días en el campo, y campamentos donde vive gente que se ha quedado sin casa.
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Víctor Carbajal, Cuentatrapos. México, SEP-SM, 1990.
Lectura con 399 palabras
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