Antes de que el monstruo fuera mío

Estándar
Vive en la oscuridad, bajo mi cama. De día se hace pequeño; pero por la noche, en cuanto mamá apaga la luz, se hincha. Sólo sabe hincharse en la oscuridad. Con la luz se encoge.
Cuando aún no éramos amigos, le tenía mucho miedo. Incluso antes de que mamá viniera a besarme y a darme las buenas noches, cuando todavía la luz de la habitación estaba encendida, ya tenía miedo y jamás me sentaba en la cama con las piernas colgando. Debía tener cuidado, especialmente después del baño, cuando iba descalzo. Entonces, saltaba de un solo brinco hasta la cama, desde lejos, y me arrebujaba rápidamente.
En realidad, también ahora me da un poco de miedo, pero no mucho. Tengo un conjuro contra él, por si acaso. Cada noche sale de su caja, aunque yo la cierre muy fuerte, la envuelva en un papel, la meta en una bolsa de plástico y la até con un cordón. Pero no le hace falta abrirla cuando quiere salir. Creo que sale por los espacios que hay entre los átomos. Papá me lo explicó. Toda la materia está formada por pequeñísimos fragmentos adheridos entre sí. Cantidad de átomos. Solamente se ven a través del microscopio. Los pequeños átomos no están pegados como las piedras en una muralla, sino como si fueran personas, separadas unas de otras pero con las manos fuertemente enlazadas. De forma que se puede pasar entre ellas, y esto es lo que hace el monstruo de la oscuridad cuando quiere salir a través del metal de la caja, del papel y del plástico. Lástima que yo no pueda hacerlo. Si fuera como él, podría atravesar la pared o el cristal.
El monstruo que habita bajo mi cama en la oscuridad no siempre ha sido mío ni siempre se ha ocultado de día dentro de una caja. Al principio no lo conocía. Recuerdo que mamá apagaba la luz, me daba las buenas noches me besaba y salía. Le pedía que no cerrara la puerta. Pero, cuando la oía hablar con papá en la cocina, inmediatamente el monstruo se inflaba, salía de debajo de la cama y llenaba toda la oscuridad de la habitación. Mientras yo notaba el beso de mamá en la mejilla, el monstruo permanecía inmóvil y yo tenía tiempo suficiente para arroparme bien, tal como papá me había enseñado. Él me
remetía la colcha tres veces, una por los pies y una por cada lado; era como un saco de dormir. Solamente hay que meterse con cuidado para que no se salga la ropa y fijarse, al apagar la luz, en que todo esté como es debido. Sin ningún hueco entre la sábana y la colcha. Y después hay que taparse bien hasta debajo de la barbilla. Solamente la cara debe quedar fuera. El monstruo sabe que la cara no se toca.
 _______________________
Uri Orlev, El monstruo de la oscuridad. Antonio Santolaya, ilus. México, SEP–SM, 2006.
Lectura con 473 palabras
_______________________

3 Comments

Comments are closed.