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Cosa de ángeles

Era un día sin gloria. Todo estaba como siempre. Las cosas en su sitio, la rutina en su apogeo. Matilde suspiró y llamó a su perro Rubens como una señal de que estaba dispuesta a emprender el día. Un día que prometía ser tan largo y aburrido como los otros quince días del mes. El teléfono sólo hablaba de trivialidades. La radio se prendió automáticamente en la estación deseada: “radio 13”.
Matilde se estiró con flojera y entró al baño. Con el chorro de la regadera regresaron otros tiempos, otras compañías. Abrazos y besos de agua tibia cubriendo deliciosamente la piel, que se sabe y se supo amada en su multiplicidad. Una piel ahora marcada por las cuchilladas de esa extraña e insistente premonición: sé que aunque todo parezca igual, hoy se me moverá el mundo. Salió del baño para darse cuenta de que Rubens se había comido su desayuno y parte del periódico. En la sección mordida, anunciaban un curso de “Encuentre a su ángel y platique con él”. Ay, ¿será cierto? ¿Podré al menos hablar con mi ángel? Matilde dejó bien instalado a su perro frente a la tele y salió sin las llaves del coche.
A pie llegó a la casa amarilla de la colonia Roma. Había mucha agitación en las ventanas de arriba. Hasta un pedazo de ala le cayó encima. Aún así, Matilde entró a pedir informes… ¿A qué curso viene?, le preguntó una de las máscaras que poseía cuerpo y voz. Quiero conocer a los ángeles. Ah, eso es en la planta alta, aquí sólo estamos los seres del infierno. Matilde subió desesperada. De infiernos ya tenía bastantes con su vida falta de ilusiones y llena de hijos distantes.
Arriba había un zafarrancho; los ángeles se estaban peleando por las hamacas más cómodas. Su falta de orden y caridad asustó a Matilde… ¿qué hace usted aquí?, le gritaron unas voces poco angelicales… Tímidamente contestó que quería hablar con los ángeles y conocer el suyo. Los ángeles se miraron y soltaron las carcajadas:
–¡Ah que vieja tan Lorenza! –se burlaron de ella–. Aquí los únicos ángeles somos nosotros, los de la onda grupera…
–Pero es que el periódico decía…
–Oiga… ¿leyó usted completo el anuncio?…
A Matilde se le llenó la cabeza de recuerdos hasta tornar a ver a Rubens con medio periódico en el hocico. Se puso colorada y se dispuso a salir corriendo. Los ángeles gruperos se lo impedían.
–Si quieres, nosotros somos tu ángel, mi reina y aquí verás cómo te enseñamos el Edén…
Matilde permitió que su conciencia se extraviara.
Matilde regresó triunfante a casa, montada en una de las motos de “Los Ángeles del Norte”, sintiéndose tan irreverente como el más macho de los hombres y tan renovada que hasta pensaba redecorar su casa, tirar las cremas de noche y ponerle a Rubens un trofeo al lado del calendario que le había regalado Juan Valente. 
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Rosalía Martín del Campo, “Cosa de Ángeles” en Cuentos destrampados. México, SEP-Resistencia, 2005.
Lectura con 486 palabras
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