Cuatro Fábulas del siglo XX

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Vamos a leer cuatro fábulas cortitas, cortitas, de un escritor guatemalteco que vivió en México gran parte de su vida, Augusto Monterroso.

La mosca que soñaba que era un águila
Había una vez una mosca que todas las noches soñaba que era un águila y que se encontraba volando por los Alpes y por los Andes.
En los primeros momentos esto la volvía loca de felicidad: pero pasado un tiempo le causaba la sensación de angustia, pues hallaba las alas demasiado grandes, el cuerpo demasiado pesado, el pico demasiado duro y las garras demasiado fuertes; bueno, que todo ese gran aparato le impedía posarse a gusto sobre los ricos pasteles o sobre las inmundicias humanas, así como sufrir a conciencia dándose topes contra los vidrios de su cuarto.
En realidad no quería andar en las grandes alturas, o en los espacios libres, ni mucho menos.
Pero cuando volvía en sí [cuando despertaba] lamentaba con toda el alma no ser un águila para remontar montañas, y se sentía tristísima de ser una mosca, y por eso volaba tanto, hasta que lentamente, por la noche, volvía a poner las sienes en la almohada…

El espejo que no podía dormir

Había una vez un espejo de mano que cuando se quedaba solo y nadie se veía en él se sentía de lo peor, como que no existía y quizá tenía razón; pero los otros espejos se burlaban de él, cuando por las noches los guardaban en el mismo cajón del tocador dormían a pierna suelta satisfechos, ajenos a la preocupación del neurótico.

La rana que quería ser una rana auténtica
Había una vez una rana que quería ser una rana auténtica, y todos los días se esforzaba en ello.
Al principio se compró un espejo en el que se miraba largamente buscando su ansiada autenticidad. Unas veces parecía encontrarla y otras no, según el humor de ese día o de la hora, hasta que se cansó de esto y guardó el espejo en el baúl.
Por fin pensó que la única forma de conocer su propio valor estaba en la opinión de la gente. Comenzó a peinarse y a vestirse y a desvestirse (cuando no le quedaba otro recurso) para saber si los demás la aprobaban y reconocían que era una rana auténtica.
Un día observó que lo que más admiraban de ella era su cuerpo, especialmente sus piernas, de manera que se dedicó a hacer sentadillas y a saltar para tener unas ancas cada vez mejores, y sentía que todos la aplaudían.
Y así seguía haciendo esfuerzos hasta que, dispuesta a cualquier cosa para lograr que la consideraran una rana auténtica, se dejaba arrancar las ancas, y los otros se las comían, y ella todavía alcanzaba a oír con amargura cuando decían que qué buena rana, que sabía a pollo.

La cucaracha soñadora
Era una vez una cucaracha llamada Gregorio Samsa que soñaba que era una cucaracha llamada Franz Kafka que soñaba que era un escritor que escribía acerca de un empleado llamado Gregorio Samsa que soñaba que era una cucaracha.

Esta última fábula tiene que ver con un libro famosísimo, La metamorfosis, escrito por Franz Kafka. Uno de estos días algunos de ustedes –ojalá que todos– lo van a leer. Cuando eso suceda, acuérdense de esta lectura de hoy y recuerden a sus compañeros, su escuela, sus maestros. 
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Augusto Monterroso, “Cuatro fábulas del siglo XX” en La oveja negra y demás fábulas. México, SEP-FCE, 2001.
Lectura con 557 palabras
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