De nuestro diccionario macabro: vampiros

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Pero ¿Han existido alguna vez auténticos vampiros? En cualquier caso, viven desde hace muchos siglos en la imaginación de los humanos, y siguen perpetrando sus sanguinarias fechorías en cientos de películas y relatos.

En principio, los vampiros eran oriundos de Transilvania. Tu profesor, si se lo solicitas con amabilidad, seguro no tendrá inconveniente en explicarte dónde queda esa antigua región de Europa. Pero ellos se han multiplicado y ahora se encuentran en todas las partes del mundo. Son vistos más a menudo en Hollywood en los estudios cinematográficos.
Fallecieron y están enterrados desde hace muchos años, pero no murieron en realidad. No soportan la luz del sol, que podría calcinarlos y reducirlos a cenizas en instante, y por eso pasan el día descansando en las profundas criptas que no reciben ninguna claridad. Les gusta dormir en sarcófagos rellenos de tierra transilvana.
Cuando se hace de noche, salen de sus fúnebres moradas y vagan en busca de alimento. Pero el caso es que no comen y beben lo mismo que nosotros, sino se alimentan de sangre. Por eso muerden al cuello a sus víctimas y les van chupando poco a poco el líquido vital, a cuyo efecto disponen de largos y afilados colmillos.
Se dice que la persona mordida por uno de esos monstruos se convierte a su vez en vampiro, y así se multiplican. Esa persona tendrá que buscar un refugio oscuro en donde dormir durante el día, y saldrá todas las noches de caza para conseguir la necesaria dosis de sangre fresca.
Según la tradición, los vampiros aborrecen el ajo, los crucifijos y el agua bendita. Para matarlos y definitivamente acabar con esa plaga, hay que clavarles una estaca en el corazón, ¡estremece con sólo pensarlo! Porque tienen fuerza sobrehumana, y para clavarles esa estaca hay que penetrar en sus reductos mientras ellos duermen.
Si tú prefieres no tropezarte nunca con uno de esos seres, mejor será que no andes de noche por las calles. Y si quieres colgar en tu habitación un par de cabezas de ajo, seguro que eso no puede hacer ningún daño. Solo, olerá un poco.
Y después de lo que leímos ¿Se animarían para organizar una cacería de vampiros?
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Günther Kienitz y Bettina Grabis, “De nuestro diccionario macabro: vampiros” en Jugando con fantasmas. México, SEP-Oniro, 2004.
Lectura con 365 palabras
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