El abuelo ya no duerme en el armario

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El abuelo llegó el viernes pasado por la noche. No lo esperábamos. Fue una sorpresa, como le explique a Lulú. Tocó el timbre y mi papá protestó:
–¿Quién demonios tocará el timbre a esta hora?
Mi mamá se asomó por la ventana y contestó emocionada:
–Mi papá.
–¿El abuelo? –me asombró, porque no venía desde que cumplí seis años.
–Es tu regalo de cumpleaños –contestó todavía emocionada.
Por las cartas de la abuela, había imaginado que el abuelo era un viejito triste, flaco, que apenas se sostenía. En ese momento pensé en un viejito que me usaría de bastón y me prohibiría hacer ruido y jugar con la pelota dentro de la casa.
–Vaya regalo de cumpleaños –dije antes de verlo.
“Tu padre esta decaído desde que se retiró –escribió la abuela–. Dice el doctor que un cambio le hará bien. Sentirse desocupado lo ha transformado un poco; ya lo conoces.”
–“Se retiró” –me explicó mi papá– es que ya no trabaja. Ahora le dan una pensión, un sueldo, un pago por todos los años que trabajó.
Corrí a abrir la puerta. Un hombre fuerte me cargó con la mano derecha y con la izquierda alzó la maleta.
–¿Tú eres el abuelo? –desconfié.
–¿Ya no te acuerdas de mí? –dijo y me dio un beso.
No, no me acordaba de él. La foto que tiene mi mamá es de cuando era joven.
–¿Y qué esperabas? ¿Un viejito de bastón? –se rió.
–¡Papá, baja a ese chamaco, te va a hacer daño! –dijo la aguafiestas de mi mamá.
Me puso en el suelo y me acomodó en la cabeza la gorra de capitán que traía puesta.
–Ya está usted en tierra, capitán –se cuadró.
Corrí a verme en el espejo: la gorra me caía hasta los ojos, pero la eché un poco para atrás. A lo mejor cuando sea grande seré marinero como el abuelo y viajaré por todo el mundo.
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Silvia Molina, El abuelo ya no duerme en el armario. México, SEP-Corunda, 1996.
Lectura con 321 palabras
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