El Cucaracho

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Sentí los ojos mojados. No entendía por qué me tenía que pasar eso a mí. La última semana me

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había portado tan bien como nunca. Me comí toda la sopa de hígado de pollo con fideo; ya no le arrancaba plumas al perico de mi prima Rita para hacerme un penacho indio, ni le pegaba chicle en el pelo a las muñecas de Amalia.

Mis días estaban contados. Escuché otra vez sus propios pasos caminando hacia mí. El ruido que hacían sus patas peludas sobre la madera del piso me asustó todavía más.
Parecía como que arrastraba una escobilla. Hice changuitos para que se fuera de largo. No lo conseguí.
¡Mentados changuitos! ¡No sirven de nada!
Se detuvo afuera del cesto. Entonces su respiración era más clara. Se notaba que estaba muy enojado. ¡Se me hace que hasta lumbre echaba por las narices! Dio conmigo. Para entonces yo estaba llore y llore. Ahorita me da vergüenza contarlo pero cuando uno tiene seis años no da tanta, llorar.
Abrí poquito los ojos y de repente ahí estaban sus tentáculos buscándome. Los volví a cerrar pero ya no había nada que hacer. Sentí un apretón en la garganta que me pareció demasiado suave para un monstruo que me iba a sorber los sesos. ¿O tal vez era muy delicado con lo que se iba a comer? Quién sabe.
Por lo pronto yo temblaba como un cobarde. Todos mis huesos y mis dientes sonaban como cascabeles. Estaba a punto de orinarme. Y eso que acababa de ir.
-No tienes escapatoria, el juego ha terminado- dijo el Cucaracho mientras me sacaba del cesto con sus tentáculos largos, llenos de una baba verde y pegajosa. Entre lágrimas alcancé a distinguir la cara borrosa de alguien conocido.
-¡Ya basta, Roberto, aunque llores tendrás que ir a la escuela! Es tu primer día, hijo, ¡te va a gustar!
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Alfonso Orejel Soria, El Cucaracho. México, SEP-CONACULTA, 2008.
Lectura con 311 palabras
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