El encuentro

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Una tarde, a su regreso de la escuela, una niña vio a un pájaro preso en las redes de su vecino, que era pescador. Era de color pardo, menudo y con ojos brillantes, y la niña se acercó para ayudarlo.
–No tengas miedo –le dijo, viendo que una de sus alas se había hecho un lío con las cuerdas de la red.
No la tenía rota pero, cuando al fin estuvo libre, el pajarillo se quedó acurrucado en las manos de la niña, de tan agotado que estaba. Parecía un polluelo que acababa de abandonar el nido y que aún estuviera ensayando sus primeros vuelos.
La niña acababa de cumplir siete años y vivía en una casa con un hermoso jardín, pues a su madre le gustaban mucho las flores. Aquél era el tiempo de las clavelinas y las petunias. Su madre las había puesto a decenas, y el pequeño camino parecía adornado para recibir a los animales del Arca de Noé. Laura, que así se llamaba la niña, subió corriendo las escaleras que la separaban de su cuarto. El sol entraba por la ventana, y puso al pajarillo sobre la cama, pensando en que le vendría bien su calor. Pero bajó a la cocina por agua y, a su regreso, lo halló dando brincos sobre el armario.
–Quieres volver con tus amigos, ¿verdad?
Y aunque le daba un poco de pena, pues le habría gustado que se quedara un poco más, abrió de par en par la ventana para que pudiera irse cuando quisiera. Entró por ella la fragancia de la hierba y las flores, y el pequeño pájaro, como atraído por una llamada invencible, escapó al instante hacia el bosque. Laura amaba con ternura a los animales, en especial a los pájaros pero sabía que su mundo era la libertad.
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Gustavo Martín Garzo, “El encuentro” en Tres cuentos de hadas. México, SEP-Siruela, 2008.
Lectura con 302 palabras
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