El ojo de Dama Dulce

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El ojo de Dama DulceErase una vez una anciana llamada Dama Dulce que se pasaba los días trayendo niños al mundo y cuidándolos. Una nevada noche de invierno recibió la visita de un desconocido: un jinete vestido de negro le suplicó que fuera a cuidar de su hijo, pues la madre estaba enferma.
Dama Dulce estaba acostumbrada a esa clase de peticiones. Metió algunos de sus efectos personales en una maleta y subió al caballo detrás del jinete. La noche era tan oscura y el caballo tan veloz que Dama Dulce no tenía la menor idea de hacia dónde se dirigía.
Al rato llegaron a la casa del desconocido, una cabaña remota bastante acogedora, amueblada con sencillez. Un fuego ardía en la chimenea, de una de las vigas del techo colgaba una lámpara de aceite, y la mujer del desconocido estaba sentada en la cama meciendo a su bebé. Sus otros hijos se habían sentado en diferentes partes de la habitación y leían o jugaban tranquilamente.
La mujer enferma entregó el bebé a Dama Dulce, junto con una pequeña jarra de plata que contenía un ungüento con olor a almendras. “Si el niño se despierta, suavízale los párpados con esto”, le dijo.
Dama Dulce se instaló en la cabaña, y mientras mecía al niño, ayudaba a la madre en las tareas de la casa. Cuando el bebé se despertó, Dama Dulce le untó ambos párpados con una pequeña cantidad de ungüento.
En todos los años que llevaba cuidando niños Dama Dulce no había oído hablar de esta práctica. Los ojos del bebé estaban sanos, y no entendía por qué la madre insistía en que se le untaran los párpados.
Su curiosidad, sin embargo, se vio satisfecha. Un día, cuando nadie la veía, introdujo un dedo en la jarra y se untó un poco de aquel ungüento en el párpado del ojo derecho.
En cuanto lo hizo, la cabaña y sus habitantes se transformaron; era como si los muebles fueran de oro y el fuego de la chimenea ardiera en llamaradas de color azul; el bebé ya no era un querubín de rostro colorado: las orejas eran puntiagudas, los ojos verdes, y los dientes afilados; en la cabeza, en vez de cabello fino y suave, tenía ciempiés.
El desconocido que la había llevado a la casa se había encogido a la mitad de su estatura, y sus manos parecían garras. La madre también se había transformado, la cama en la que yacía estaba hecha de hierba y los niños, a su alrededor, tenían pezuñas en lugar de pies.
Si Dama Dulce cerraba el ojo derecho todo parecía normal, pero en cuánto lo abría volvían las espantosas apariciones. La aterrorizada mujer supo que para conservar la cordura, y quizás incluso la vida, debía salir de inmediato. Soltó aquello que sostenía, y se adentró en la noche.
Dama Dulce no volvió jamás a abrir el ojo derecho; lo selló con la cera de una vela y lo mantuvo cerrado, como la tapa de una tumba.

Brian Patten, El gigante de la historia. México, SEP–Océano, 2004.

Lectura con 498 palabras.