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El Periquillo Sarniento, III

El Periquillo crece, y se hace un pícaro que cambia de oficio muchas veces, hace trampas, tiene tiempos buenos y tiempos malos. Como un ejemplo de sus aventuras, vamos a leer lo que le sucedió cuando trabajó por un tiempo con un médico y luego se hizo pasar por doctor.
Tanto observar los remedios que mi amo recetaba, me hizo creer que ya sabía medicina. Un día me quiso dar de palos. Esa misma noche, cuando la casa estaba en lo más pesado del sueño, ensillé la mula, hice un bulto con catorce libros, una capa, una peluca vieja y un formulario de recetas del doctor. Me llevé también una alcancía que era de la hermana.
Me hospedé en un mesón. Estaba pensando a dónde iría, cuando se acercó un muchacho a pedir un bocadito. Yo le hice creer que me acababa de examinar en medicina y que andaba buscando un pueblo donde hacer fortuna, porque en México había más médicos que enfermos. El pobre muchacho me rogó que nos fuéramos a Tula, donde no había médico.
A los dos días de llegar a Tula me informé de quiénes eran los vecinos principales. Les ofrecí mis servicios, y los visité vestido de ceremonia, con capa y peluca. Para que me viera el pueblo, el domingo me presenté en la iglesia. No cesaban de preguntar quiénes éramos. Y el muchacho les decía:
–Este señor es mi amo, el doctor don Pedro Sarmiento.
De todas partes iban a consultarme. Por fortuna, los primeros que me consultaron fueron de aquéllos que sanan aunque no se atiendan.
Me llamaron una noche a la casa del tendero más rico, quien sufría de cólico. Mandé cocer malvas con jabón y miel. El enfermo bebió la asquerosa poción y con eso tuvo para vomitar la mitad de las entrañas, e inmediatamente se alivió.
Con estas curaciones comenzó el vulgo a celebrarme. A medida que crecía mi fama se aumentaban mis monedas y mi soberbia.
A pesar de mi ignorancia, no se reducía mi crédito porque los que sanaban me alababan, y los que morían no podían quejarse.
Me llamaron de casa de un viejo reumático, a quien di seis o siete purgas, le estafé veinticinco pesos y lo dejé peor de lo que estaba. Lo mismo hice con otra vieja, a la que abrevié sus días con ruibarbo y cebollas.
Así pasé unos meses, hasta que acaeció en aquel pueblo una epidemia del diablo: acometía a los enfermos una fiebre, y en cuatro días tronaban.
Para colmo, me tocó atender a la gobernadora de los indios. Le di el tártaro, expiró, y a otro día, que fui a ver cómo se sentía, hallé la casa inundada de indios, indias e inditos que lloraban. Apenas me vieron, comenzaron a tirarme piedras con gran tino, diciéndome: “Maldito seas, médico endiablado.”
Yo apreté los talones a la mula y, con tanta carrera, a los dos días la mula cayó muerta. Vendí la silla en lo primero que me dieron, tiré la peluca en una zanja, y a pie, con la capa al hombro, llegué a México.
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José Joaquín Fernández de Lizardi, El periquillo Sarniento, Sus extraordinarias venturas y desventuras contadas por Felipe Garrido. México, SEP, 2006
Lectura con 516 palabras
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