El rey y el halcón

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Genghis Khan fue un gran rey y un gran guerrero que conquistó numerosas tierras. En todos los países la gente hablaba de sus hazañas y decían que, desde Alejandro Magno, no había habido otro rey como él.
Una mañana cabalgó hasta el bosque para cazar.
Posado en su antebrazo el rey llevaba a su halcón favorito, ya que en esos tiempos los halcones eran entrenados para cazar.
Había sido un día caluroso y el rey estaba sediento. Su halcón había abandonado su brazo y alzado el vuelo.
El rey cabalgó pausadamente. Recordaba haber visto un arroyo cerca de ese camino. ¡Si pudiera encontrarlo! Pero el calor había secado todos los riachuelos de las montañas.
Por fin, vio un hilillo de agua que se deslizaba por la hendidura de una roca. Tenía tanta sed que apenas podía esperar; colocó un vaso y cuando estuvo casi lleno, el rey se dispuso a beber.
De repente, un zumbido cruzó el aire y el vaso cayó de sus manos. El agua se derramó por el suelo.
El rey levantó la vista para ver quién había provocado el accidente y descubrió que había sido su halcón.
El ave pasó volando unas cuantas veces y finalmente se quedó posado en las rocas cerca del manantial.
El rey se puso furioso, volvió a llenar el vaso. Pero antes desenfundó su espada.
–Ahora, señor halcón –dijo–, no volverás a jugármela.
Apenas había pronunciado estas palabras, cuando el halcón se dejó caer en picado y derramó el agua otra vez. Pero el rey lo estaba esperando. Con una rápida estocada, alcanzó al halcón.
El pobre animal cayó mortalmente herido a los pies de su amo.
–Esto es lo que has conseguido con tus bromas –dijo el rey.
“Tendré que beber directamente de la fuente”, pensó.
Entonces se dirigió al lugar de donde procedía el agua. No era fácil, y cuanto más subía, más sediento estaba, pero por fin llegó.
Encontró un charco de agua. Pero allí, justo en medio, estaba muerta una enorme serpiente de las más venenosas.
El rey se paró en seco y olvidó la sed. Sólo podía pensar en el pobre halcón muerto tendido en el suelo.
–El halcón me ha salvado la vida –exclamó–, ¿y cómo se lo he pagado? Era mi mejor amigo y le he dado muerte.
Regresó, levantó al ave con suavidad y lo puso en su morral de cazador. Entonces montó en su corcel y cabalgó velozmente hacia su casa. Y se dijo a si mismo:
–Hoy he aprendido una triste lección: nunca hagas nada cuando estés furioso.
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James Baldwin (adaptación), El libro de las virtudes para niños. España, 1997.
Lectura con 429 palabras
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