El ruiseñor y la niña

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Laura había nacido cuando sus padres eran muy mayores y pensaban que ya no podían tener niños. Su madre era maestra, pero tuvo que dejar la escuela antes de tiempo porque estaba enferma del corazón. Ni siquiera podía hablar muy alto, para no fatigarse, y cualquier ruido la sobresaltaba. Gran parte del día se lo pasaba acostada y, entonces, no podía hacerse ningún ruido, para que ella descansara. El resto del tiempo solía estar en el jardín. Conocía los nombres de todas las plantas y flores y nada la complacía más que ocuparse de ellas.
También amaba tiernamente a todos los animales, en especial los pájaros, que llegaba a distinguir a través de su canto. Y aquella era una zona poblada de muchas especies de pájaros. La alondra, y la golondrina, la bisbita, el mirlo y el petirrojo, la collalba, el chochín, la curruca y el reyezuelo, los herrerillos y los gorriones iban y venían incesantemente llenándolo todo con sus dulces y apremiantes trinos.
Pero ese día, cuando Laura y su madre estaban en el jardín, algo llamó su atención. Tenía que ver con el canto de uno de aquellos pájaros. Un canto rico y fluido, que repetía rítmicamente sus frases, entre las que destacaban un agudo chuc–chuc–chuc. Laura nunca había escuchado antes nada igual y se volvió hacia su madre que permanecía absorta escuchándolo.
–Oh, es extraño –murmuró, con el rostro lleno de felicidad–. Es un ruiseñor.
Su madre le dijo que los ruiseñores solían vivir en el bosque, en zonas húmedas, pero raras veces se los podía ver, pues eran pájaros reservados y huidizos, que solían eludir la proximidad de los hombres. Laura se quedó mirando a su madre, que se puso un dedo en los labios para pedirle que permaneciera callada. En su rostro había una sonrisa de gratitud. La vida merecía la pena, parecía decir con aquella sonrisa, porque de vez en cuando nos permitía asistir al milagro de un canto como aquél. Esa noche, cuando ya
estaba acostada, Laura volvió a oír aquel pájaro en la oscuridad de la noche y pensó que a lo mejor era el que ella había ayudado y que venía a darle las gracias.
–Sí, seguro que es él –murmuró bostezando, pues estaba muerta de sueño.
Y, a partir de ese instante, todos los días volvieron a escuchar al ruiseñor. Cantaba al atardecer, siempre de lugares escondidos, y ellas permanecían muy atentas, mientras su corazón se llenaba de indefinibles anhelos. Y cada día que pasaba Laura tenía más claro que aquel pájaro sólo podía ser el suyo.
 
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Gustavo Martín Garzo, “El ruiseñor y la niña” en Tres cuentos de hada. México, SEP-Siruela, 2008.
Lectura con 430 palabras
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