El tío Tacho

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El patín agarró vuelo, entró por la puerta de la sala y se estrelló con la mesita de curiosidades de mi tía.
Rápidamente, antes de que mis tíos se dieran cuenta, me puse a levantar lo que se había caído. Una fotografía llamó mi atención: mi papá, mi mamá y yo. Mi papá me tenía en brazos. Miré su cara morena, sus ojos negros y su pelo chino. Yo era idéntico a mi papá.
Casi no lo recordaba. De hecho, el único recuerdo que tenía de él era el de aquella noche, en un salón lleno de flores, cuando mi mamá me cargó y me asomó a aquella caja plateada:
–Despídete de tu papá, Panchito.
Su voz sollozante vuelve una y otra vez a mi mente, al igual que la cara de mi papá, tan seria y tan pálida.
¿Por qué se había muerto si no era viejito? ¿Por qué los jóvenes también se podían morir?
–Papito… –gemí en voz baja.
Mis lágrimas empezaron a caer en el vidrio que cubría la foto. Una mano acarició mi cabeza. Contuve el llanto y, avergonzado, me sequé los ojos.
–Cuando tenga ganas de llorar, hágalo –era la voz de mi tío Tacho–. Y hágalo fuerte, sin pena. Es la única forma de que la tristeza se nos salga del cuerpo.
–Tío, ¿por qué se mueren los papás? –le pregunté entre sollozos.
Se sentó en un sillón y me abrazó. Yo volví a preguntar:
–¿Por qué hay niños que tienen papá, como mis primos, y niños que no lo tienen, como yo?
Me sentó en sus piernas. Secó mis ojos y sonó mi nariz con su pañuelo.
–¿Por qué todos en mi salón tienen papá menos yo? –insistí.
Con el mismo pañuelo se secó los ojos y se sonó.
–Así es la vida, Panchito –me dijo–. Algunos niños tienen papá, como sus primos y sus compañeros, y otros tienen un tío que los quiere mucho, como si fuera su papá.
–¿Un tío? –le pregunté intrigado.
–Sí, un tío –afirmó.
–¿Cuál tío tengo que me quiera así?
–Lo está usted viendo en estos momentos –dijo con seriedad.
–¿Usted? –la sorpresa me hizo retroceder.
–Sí, yo –afirmó y me volvió a abrazar.
Un poco sofocado por la forma en que me apretaba, le dije:
–A veces no se nota muy bien cuando lo quieren a uno ¿verdad, tío?
–A veces no, Panchito –admitió–, pero usted nunca dude que yo lo quiero como si fuera su padre.
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Claudia Celis, “El tío Tacho” en Dónde habitan los ángeles. México, SEP-SM, 2002.
Lectura con 414 palabras
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