El tiranosaurio

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Paty disfrutaba como nadie los fines de semana, le gustaba ir al parque, al campo y a casa de sus primos; hacer papalotes, pasteles de tierra o, simplemente, inventar cualquier cosa emocionante que nada tuviera que ver con la escuela.
Y no era raro que el domingo por la noche, cuando ya toda la diversión se había terminado, Paty sintiera comezón en la nariz, se quedara pensativa, y tuviera la sospecha de un desastre.
–Creo que algo se me olvidó… pero no me acuerdo qué…
En ese momento se rascaba la cabeza, hacía tanta memoria que hasta las orejas se le calentaban, y al cabo de un rato lanzaba un grito.
–¡La tarea!
Corría hasta la mochila, sacaba los cuadernos, los lápices, los colores; y al final siempre descubría que le faltaba una cosa para hacerla.
Esta vez le habían dejado escribir una composición sobre los dinosaurios, y cuando abrió su mochila se dio cuenta de que había olvidado su libro de ciencias naturales en la escuela. Entonces hizo lo de siempre, marcó el número de Gelasio.
–Bueno –contestó él.

–Tengo un gran problema.
Y el niño inventor que conocía bastante bien a Paty, antes que le contara otra cosa le dijo:
–Ya sé, tu tarea ¿ahora qué pasa?
–Necesito escribir algo sobre los dinosaurios y olvidé mi libro de ciencias naturales…
–Vente corriendo a mi casa y a ver qué se nos ocurre.
Después de estudiar la situación en el laboratorio, decidieron que lo mejor era ir esa noche a la escuela para sacar el libro.
Gelasio tomó la patineta de propulsión a chorro, y ya se iban a montar en ella cuando descubrió que no tenía gasolina. “Ese no es problema”, dijo. Y de una puerta sacó su casco volador, le dio cuerda, se lo ajustó a la cabeza; corrió al jardín con Paty atrás de él,
la tomó de las manos, y salieron volando rumbo a la escuela. Esa noche estaba llena de estrellas.
El casco volador era una de las invenciones más originales y revolucionarias de Gelasio.
–Allá está –gritó Paty cuando descubrió la silueta de su escuela.
–Agárrate bien que ya vamos a bajar.
El aterrizaje fue todo un éxito, pero lo que parecía más fácil: entrar a la escuela, los detuvo.
–No sabía que por las noches hubiera un perro guardián –dijo Paty muy apenada. Y es que Gelasio sí quería mucho a los perros… pero no a los guardianes, con dientes filosos y puntiagudos.


Ese sí es un problema. ¿Qué harán para poder entrar? No hay más remedio que buscar el libro y averiguarlo.
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Óscar Martínez Vélez, “El tiranosaurio” en Los inventos de Gelasio. México, SEP–Norma, 2006.
Lectura con 431 palabras
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2 Comments

  1. 🙁 ponlo entero yo esperaba algo mas ademas no tiene nada que ver con el t-rex por favor publicar siguiente escena

  2. aver este es uno de lis libros mas inlogicos que leido no tiene nada que ver con el t-rex no entiendo el punto del cuento ni siquiera esta completo

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