El túnel que lee los sentimientos

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Me introduje en un gran cilindro tumbado en el suelo. Era algo así como un largo trozo de esas tuberías gigantes en las que cabe perfectamente una persona de pie. Estaba vacío, nadie podía ocultarse ahí. En cuanto estuve dentro, advertí que una niebla inundaba el tubo. Parecía una nube blanca que hubiese entrada en el túnel.
Tan pronto como aquel extraño vapor llegó a rozarme, pasó del blanco al amarillo. Esto me sorprendió bastante y, como si fuese una reacción automática, el gas se puso de color naranja. Aunque la visibilidad no era muy buena, pude darme cuenta de que allí no existían proyectores ni trucos de ninguna clase que produjesen las variaciones de color. La única iluminación del conducto era la luz natural que entraba por unas claraboyas. Creo que me asusté un poco. Al ocurrir esto, el vapor que me envolvía cambió al rojo oscuro.
Podía respirar perfectamente, no me faltaba oxígeno ni experimentaba ninguna molestia. Eso me tranquilizó mucho.
La atmósfera del tubo pasó al verde suave. Entonces, no sé por qué, me vino a la memoria la delicada situación provocada por Buenaventura Mestres. Instantáneamente, el gas cobró unos tintes morados muy desagradables.
Ya estaba claro. Aquella materia gaseosa traducía los colores en estados de ánimo y los sentimientos de la persona que entrara en contacto con ella. Para ver hasta dónde llegaba la capacidad cromática del túnel, me concentré para provocarme sentimientos diversos: amor, soledad, odio, alegría, tristeza, y muchos otros. Y, cada vez, el gas respondió con un color distinto. Cuando le ofrecí sentimientos mezclados daba una combinación de colores; cuando los cambios anímicos eran leves, variaba la matización del color. Era sensible a la más mínima mudanza de la emoción o el pensamiento.
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Joan Manuel Gisbert, “El túnel que lee los sentimientos” en Escenarios fantásticos. México, SEP-SM, 2003.
Lectura con 290 palabras
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