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Emilio se equivoca de estación

¿Se han fijado qué sucede cuando llegamos a un lugar donde varias personas llevan un rato conversando? Lo normal es que haya muchas cosas que no entendemos bien, no sabemos a qué se refieren… Así vamos a sentirnos en esta lectura; pero no se preocupen, vayan atando cabos, y al final vemos qué entendimos.
 
Cuando Emilio se despertó, el tren volvía a ponerse en movimiento. Dormido, se había caído de su asiento, y ahora estaba en el suelo y muy asustado, aunque no sabía exactamente por qué. El corazón le golpeaba el pecho como un martillo de pilotes. Estaba en el tren. Casi se le había olvidado. Luego volvió el recuerdo a pequeñas dosis. ¡Claro! Iba a Berlín. Y se había dormido. Lo mismo que el señor con sombrero de hongo…
Emilio se enderezó con una sacudida, y cuchicheó: “Ya se ha largado”. Le temblaban las rodillas. Se levantó despacio y maquinalmente se sacudió el polvo del traje.
Su pregunta siguiente fue: “¿Tendré todavía el dinero?”. Y eso le ocasionó un pavor indescriptible.
Largo rato permaneció recostado en la puerta, sin atreverse a hacer un movimiento. Allí había estado roncando Grundeis, que ya se había marchado. Claro es que esto podía no tener nada particular, y era una tontería imaginarse lo peor. No todos los viajeros tenían que ir a la misma calle de Berlín sólo porque él iba allí. Y el dinero estaría seguramente en su sitio: guardado en el bolsillo, en un sobre, sujeto al forro con un alfiler. Emilio se llevó despacio la mano al bolsillo interior derecho.
¡Estaba vacío! ¡El dinero había desaparecido!
Emilio volvió el bolsillo de revés con la mano izquierda y palpó y apretó el saco por fuera con la mano derecha. ¡Pero nada! ¡El dinero había desaparecido!
¡Ay! Emilio sacó la mano del bolsillo, y no sólo la mano, sino también el alfiler con que había atravesado los billetes. No quedaba más que el alfiler, y encima, clavado en el índice izquierdo, del que brotaba sangre.
Se envolvió el dedo con el pañuelo y lloró. Claro que no por aquella ridícula gota de sangre. Catorce días antes se había dado un topetazo contra un farol, que dejó casi doblado, y aún tenía el chichón en la frente. Y aquella vez no había gritado ni por un momento.
Lloraba por el dinero. Y lloraba por su madre. El que no comprenda esto, por muy valiente que sea, está perdido.
Emilio sabía cómo había trabajado su madre durante meses con el fin de ahorrar los ciento cuarenta marcos para mandarle una parte a su abuela y poderlo enviar a él a Berlín.

A medida que nosotros vamos reuniendo piezas, la historia va tomando forma; como si fuera un rompecabezas.
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Erich Kastner, “Emilio se equivoca de estación” en Emilio y los detectives. México, SEP-Celistia, 2005.
Lectura con 455 palabras
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