En busca del olor perdido

Estándar
Cuando, inundados por la nostalgia del olor desaparecido los habitantes se acordaron de leer los periódicos, para ver si allí les explicaban de dónde había venido, en lugar de leer, como de costumbre, los encabezados y luego las notas o buscar fotografías, o tal vez buscar la página editorial, comenzaron a aspirar el olor del papel periódico, de la tinta, del sudor de las manos del repartidor, de la grasa de la imprenta, y de todo lo que se pudiera aún percibir. Y así, descubrieron un mundo hasta entonces ignorado. Se dieron cuenta, por ejemplo, que la tinta modificaba mucho el olor del papel, que los periódicos con fotografías a colores olían muy distinto a los de blanco y negro; poco a poco fueron descubriendo muchas diferencias que jamás habían imaginado.
En casa también las cosas cambiaron muchísimo. Una noche, por ejemplo, mis padres fueron a la cocina y frenéticamente comenzaron a sacar todos los ingredientes que guardaban en el refrigerador y en la alacena; emocionados destapaban jarras de mermeladas, conservas, cajetas, chiles en vinagre, chorizos, embutidos, frutas, verduras…, nada escapó de sus sedientas narices.
Mis hermanos, cansados de buscar olores entre sus juguetes –la mayoría hechos de plástico– y presintiendo que en la cocina habría más variedad, se les unieron en la tarea. Yo, que precisamente había contraído un inoportuno resfriado por el cual se me habían tapado por completo las fosas nasales, corría ansioso tras ellos tratando de adivinar sus sensaciones. Cuando vi que esto era imposible, les pedía desesperado que me las describieran, aunque muy pronto nos dimos cuenta de que describir un olor era de lo más difícil.
–Dime, ¿a qué huele esa mermelada amarilla? –le preguntaba a mi madre, que tenía la nariz hundida en un inmenso tarro.
–Pues… huele como a… guayaba…, ¡si, eso es, huele a guayaba! –Sí, pero ¿a que huelen las guayabas?
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Eva Salgado, ¿A qué huelen las guayabas? México, SEP, 1996.
Lectura con 311 palabras
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