Fidencio, aprendiz

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La estampa que vamos a leer muestra la vida de un niño que está comenzando a prepararse para ser zapatero, hace más de cien años, en la capital del país.
Don Teófilo quería que su hijo perfeccionara el oficio de zapatero en la Escuela Industrial de Artes y Oficios de San Jacinto, que acababa de abrir sus puertas. El establecimiento poseía un edificio muy grande, casi de una manzana; tenía por lo menos dos pisos y ofrecía clases para artesanos de diversos oficios.
Don Teófilo fue a entrevistarse con el director, y le dijo:
–Éste es mi hijo Fidencio, ya sabe leer y está aprendiendo el oficio de zapatero conmigo. Quisiera que estudiara por las tardes, aquí con ustedes.
–Ahora sólo tenemos lugar para alumnos internos –lo atajó el hombre de barba y bigote engominado, y agregó–. Venga en enero.
Como su papá lo necesitaba en el taller, Fidencio se conformó con tomar clases de dibujo dos noches por semana en la Academia de San Carlos. La mayoría de los compañeros de Fidencio eran artesanos. Cerca de ochenta tomaban clases en un salón de paredes despintadas y mal alumbrado. Para complementar las clases, cuando podían, los jóvenes acudían al gabinete de lectura para artesanos que había en la biblioteca de Catedral.
El hijo del zapatero juntaba los materiales que sobraban en el taller. Poco a poco reunió la cantidad suficiente para hacer unos zapatos, los primeros que elaboraba íntegramente. Cuando remató las últimas puntadas, Fidencio pensó para sí: “Los voy a llevar al tianguis de San Hipólito a ver quién quiere comprarlos.”
El joven esperó con impaciencia la llegada del domingo. Aquel día se levantó más temprano que de costumbre, sirvió agua en una palangana y rápidamente se lavó la cara. Después, se sentó a desayunar un poco de atole y pan que le sirvió su madre.
–¿Por qué estás tan nervioso? –le preguntó en la mesa doña Remedios.
–Yo creo que no va a ir a Tacubaya con nosotros porque quiere vender en el mercado los zapatos que hizo –interrumpió Dolores con picardía.
–¡Ten cuidado!, el jefe militar decretó antier el estado de sitio y hay que guardarse temprano en las casas –dijo su padre, preocupado.
–Regreso pronto –contestó con resolución el muchacho.
Tacubaya era una villa cercana a la ciudad. Sin embargo, ir a pie resultaba cansado. Sólo los que tenían dinero hacían el viaje a caballo o en diligencia y arribaban a la villa en menos de media hora.
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Carlos Illades, El niño zapatero. México SEP-FCE, 2004.
Lectura 413 con palabras
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