Gregorio y el mar

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De noche, y por culpa del gato de a bordo, fue descubierta Pino–polizón. Todo sucedió así: Eran como las nueve de la noche, y la niña aún no se había despertado, pero su trenza amarilla salía por debajo de la funda que cubría el bote de salvamento. El gato vio la trenza en el aire y empezó a dar saltos y a pegarle zarpazos para tratar de atraparla. Un marinero observó las maniobras del animal, se acercó a ver de qué se trataba y, por supuesto, descubrió a la dueña de la trenza. Enseguida dio la voz de alarma. En el barco se armó un gran revuelo:
–¡Encontraron una polizón! ¡Una niña polizón! –gritaban todos.
Entonces empezaron los comentarios de los marineros, que conocían todo tipo de anécdotas de polizones, y alguien contó:
–Tres amigos míos, Francisco, Vicente el hijo de Constancia y Chano El Peligroso, se fueron a Cuba de polizones; y los mandaron de regreso cuando los descubrieron. Enseguida les sacaron esta copla:
Los trajeron de regreso
porque eran revoltosos,
a Vicente el de Constancia,
a Pancho y al Peligroso.

Pino aguantó la curiosidad de los tripulantes y las preguntas del capitán, a quien le dijo casi toda la verdad, pero aquél no le creyó. Entonces decidió no dar más explicaciones y, ya que iba para La Habana, tratar de encontrar allá a Pepe para contarle lo que había ocurrido. El capitán, no obstante, le aseguró que la llevaría de vuelta a Canarias en el viaje de regreso, igual que a todos los polizones que encontraban. Mientras tanto debía ayudar en la cocina y a arreglar las mesas. Tan pronto se acercaran a Cuba la encerraría en un camarote hasta que el barco volviera a partir hacia Las Palmas.
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Emma Romeu, Gregorio y el mar, Ángel Mora, ilust. México, SEP–Alfaguara, 2001.
Lectura con 292 palabras
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