La camella bailarina

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La camella no pensaba en otra cosa que en ser bailarina de ballet.


–Para que todos mis movimientos sean un ejemplo de gracia y belleza –decía la camella–. Ése es mi único deseo.
Practicaba una vez y otra sus piruetas, sus relevés y sus arabescos. Repetía las cinco posiciones básicas cien veces al día. Ensayó muchos meses bajo el sol abrasador del desierto. Tenía los pies destrozados y el cuerpo dolorido por la fatiga, pero ni una sola vez pensó en desistir.
Por fin, se dijo: “Ahora soy bailarina.” Anunció un recital y bailó ante un grupo de camellos amigos y de críticos. Cuando terminó su actuación, se deshizo en una reverencia.
No hubo aplausos.
–Debo decirle con toda franqueza –dijo un miembro del público–, como crítico y como portavoz de este grupo, que es usted cachetuda y jorobada, grandota y desmañada. No es usted, como el resto de nosotros, otra cosa que un camello. Nunca ha sido ni será una bailarina de ballet.
Entre risitas y burlas, la concurrencia se disolvió por las arenas del desierto.
¡Qué equivocados están! –se dijo la camella–. He trabajado duro. No cabe duda de que soy una magnífica bailarina. Bailaré y bailaré, sólo para mí.
Así lo hizo, y disfrutó muchos años.
Quien se quiere a sí mismo es feliz.

 
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Arnold Lobel, “La camella bailarina” en Fábulas. México, SEP-Celistia, 2006.
Lectura con 220 palabras
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