La liebre y el elefante

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Hace mucho tiempo vivía una liebre muy inteligente. Desde muy pequeña iba siempre a jugar a la orilla del lago.
El agua de aquel lago era limpia y transparente y todos los animales del bosque iban a beber allí.
No lejos del lago había un árbol grueso. Los hombres habían cortado aquel árbol y había brotado una capa de resina. La liebre vio aquel ancho y cómodo tronco y al saltar para sentarse, se quedó pegada a la resina.
¡Pobre liebre! No podía moverse del lugar de donde estaba; ni siquiera podía cambiar de posición.
Estaba muy asustada pensando que iba a morir allí. Pensaba en cosas muy tristes cuando vio llegar al elefante que iba al lago a tomar agua.
–Este elefante me salvará la vida –pensó la liebre. Y le gritó:
–Oye, elefante –no bebas agua de ahí. El dueño del lago me dijo que me quedara aquí a vigilar para que no bebiera nadie.
El elefante no hizo caso y la liebre, entonces, le gritó con más fuerza:
–¿Eres sordo? ¿No oyes? ¡Si te atreves a beber de mi agua, te arrancaré la cabeza!
–Tú sabes bien que estás diciendo tonterías –respondió el elefante. El agua no es tuya sino del lago.
Si bebes de esa agua –amenazó la liebre– Te romperé la trompa con una patada!
–¡Qué liebre tan tonta! Cree que me puede desbaratar. ¡La aplastaré y haré una mermelada con ella!
El elefante se acercó a la liebre, la agarró con la trompa, tiró y la arrancó de la resina.
El pelo de la liebre estaba tan apegado a la resina que un poquito se quedó pegado en el tronco. Después le volvió a salir, pero desde entonces, el pelo de la parte trasera de las liebres es blanco.
–Ahora –chilló el elefante– te aplastaré de un golpe y te meteré bajo tierra.
–Mi querido hermano mayor. Hace tiempo que tengo ganas de morir, pues llevo ya miles de años viviendo; desde que se creó la tierra. Pero como me das lástima, te diré que hay en todos mis huesos un veneno mortal tan fuerte, que una sola gota mataría a cualquiera. Si me golpeas con tu trompa, mi veneno se meterá en ella, y si me pisoteas, el veneno entrará en tus patas y morirás. Yo, en cambio, seguiré viviendo. Si de veras quieres matarme, tienes que buscar un lugar cubierto de maleza, juncos y cañas. Déjame allí y entonces sí moriré.
El elefante cogió a la liebre con la trompa y la dejó en un sitio cubierto de cañas. En cuanto la liebre se vio libre salió huyendo como una flecha.
Y mientras corría, iba hablando sola:
–Mi hermano mayor, el elefante, cree que estoy muerta. Pero cuando me vea entre los vivos, comprenderá enseguida que no puede con mi picardía.

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 “La liebre y el elefante” en Marinés Medero (recopilación), Volvamos a la palabra. México, SEP-Limusa, 1989.
Lectura con 469 palabras
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