La maestra Sofía

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La maestra SofíaTodos fuimos muy felices hasta hoy, que llegó la maestra Sofía y lo primero que dijo, sin saludar ni nada, fue:
–Saquen una hoja, vamos a hacer un examen sorpresa.
Nos lo dijo tan sonriente y amable que parecía que no se daba cuenta de lo trágico que era para nosotros. Para todos menos para José Manuel, que en lugar de levantar la mano y reclamar –como hicimos todos los demás, que somos personas normales–, sacó su hoja y su lápiz y nos dijo que nos calláramos, que los exámenes sorpresa eran un buen método para comprobar qué tan flojos éramos.
Yo odio los exámenes. Sobre todo cuando no sé cómo contestarlos. Además pienso que si la maestra quiere probar qué tan estudiosos somos, sería mejor que avisara, así nosotros podríamos estudiar y ella sería más feliz si no reprobáramos tanto.
Y yo, que ya había inventado un nuevo método para hacer trampa en los exámenes y no lo pude usar porque éste fue de improviso. El truco consiste en escribir en la goma la respuesta que uno está solicitando y pasarla a un compañero inteligente que no sea José Manuel porque él nunca sopla. El compañero inteligente escribe la respuesta del otro lado y manda la goma de regreso. No lo pude hacer porque mi lugar de siempre queda entre Javier y Luis Arturo, y no me dio tiempo de cambiarme de lugar. Javier es igual de estudioso que yo (o sea no mucho), pero Luis Arturo es el más burro de la clase, y creo que de la escuela y quizá hasta de todo México.
Nos dimos cuenta una vez que la maestra Sofía le preguntó qué era un ave canora y el muy bruto dijo que era una cruza de perro y ave. Todos nos reímos mucho y la maestra le dijo que no era eso, que pensara bien. Luis Arturo dijo entonces que un ave canora era un pájaro que viajaba en barco, y lo que pasa es que dijo a lo que le sonaba la palabra y se le había olvidado que la maestra Sofía nos enseñó que a los pájaros que cantan se les llama aves canoras.
Hubiera sido yo muy idiota de pedirle a Luis Arturo las respuestas sabiendo las barbaridades que siempre contesta. Y me moría de envidia cuando vi a Edgar, que tuvo la suerte de tener sentada a María Esther junto a él; aunque María Esther es horrorosa, siempre le va bien en la escuela, y como está enamorada de Edgar, le pasó el examen completito. Claro que Edgar se tuvo que pasar el recreo sentado con ella, pero dice que valió la pena.

Mónica Beltrán Brozón, ¡Casi medio año! México, SEP–SM, 2003.

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