La máquina de hacer las tareas

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Un día llamó a nuestra puerta un tipo extraño: Un hombrecillo ridículo, algo más alto que dos cerillas. Llevaba, cargada a la espalda, una bolsa más grande que él.
–Aquí traigo aparatos para vender –dijo.
–Enséñemelos –dijo papá.
–Esto es una máquina de hacer las tareas. Apretando el botoncito rojo se resuelven los problemas; el botoncito amarillo es para desarrollar los temas y el botoncito verde sirve para aprender geografía. La máquina lo hace todo ella sola, en un minuto.
–¡Cómpramela, papá! –dije yo.
–Bueno. ¿Cuánto pide por ella?
–No quiero dinero –dijo el hombrecillo.
–¡No trabajará sólo por amor el arte!
–No, pero no quiero dinero por la máquina. Quiero el cerebro de su hijo.
–¿Está loco? –exclamó papá.
–Escúcheme, señor –dijo el hombrecillo, sonriendo–, si la máquina le hace las tareas, ¿para qué le sirva el cerebro?
–¡Cómprame la máquina papá! –imploré–¿Para qué quiero el cerebro?
Papá me miró un instante y después dijo:
–Bueno, llévese su cerebro y no se hable más.
El hombrecillo me quitó el cerebro y lo guardó en una bolsita. ¡Qué ligero me sentía sin cerebro! Tan ligero que eché a volar por la habitación, y si papá no me hubiese agarrado a tiempo habría salido volando por la ventana.
–Tendrá que meterlo en una jaula –dijo el hombrecillo.
–¿Por qué? –preguntó papá.
–Porque ya no tiene cerebro. Por eso. Si lo deja suelto volará hasta los bosques como un pajarillo y en pocos días morirá de hambre.
Papá me encerró en una jaula, como si fuera un canario. La jaula era pequeña, estrecha, no podía moverme. Las barras me apretaban, me apretaban tanto que… Me desperté asustado. ¡Menos mal que sólo había sido un sueño!
Inmediatamente me puse a hacer la tarea.
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Gianni Rodari. Cuentos largos como una sonrisa, Barcelona, La Galera, 2000.
Lectura con 292 palabras
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