La semilla

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Un día, mamá compró ciruelas para dárselas a sus hijos después del almuerzo y

mientras era la hora, las puso en una bandeja. Vania, que nunca había comido ciruelas, las olió durante mucho rato. Le encantaba su olor. Tenía unas ganas enormes de comérselas y se quedó mucho tiempo a su lado. Cuando todos se fueron de la despensa, Vania ya no pudo contenerse más, tomó una ciruela y se la comió. Un poco antes del almuerzo, la mamá tomó las ciruelas para limpiarlas y notó que faltaba una.
Se lo dijo al padre. Durante el almuerzo el padre comentó: Muy bien niños, ¿sería alguno de ustedes el que se comió una ciruela? Pero todos respondieron:”No”. Vania, aunque se puso colorado como un cangrejo, también lo negó: “No, yo no me la comí”.
Entonces el padre muy serio continuó: “Si alguno de ustedes se la comió, está muy mal, pero eso no es lo peor. Lo peor es que dentro de las ciruelas hay una semilla muy dura, y si alguien no sabe comérselas y se traga la semilla, entonces se muere al día siguiente. Eso es lo que de verdad me preocupa”.
Vania palideció y exclamó: “No, yo no me comí la semilla, la boté por la ventana”. Entonces todos se rieron y Vania se puso a llorar.

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León Tolstoi, “La semilla” en El león y el perrito y otros cuentos. México SEP-Panamericana, 2002.
Lectura con 219 palabras 
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