La tortuga y los patos

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Los patos levantaron el vuelo, llevando a Doña Tortuga prendida de la vara fuertemente con la boca. Se levantaron por el aire y Doña Tortuga miraba encantada todo lo que iba pasando bajo sus ojos. Con la boca bien apretada, se balanceaba por encima de los árboles. Los demás animales, al verla pasar, no salían de su asombro.
El cerdo, el burro, el chivo, el perro, comentaban en voz alta aquella maravillosa proeza:
–¡Doña Tortuga es la reina de las tortugas! –decían–. ¡Elevarse por los aires con su casa a cuestas! ¡Qué maravilla!
–¡Doña Tortuga es la emperatriz de las tortugas! Doña Tortuga los oía y se llenaba de orgullo. Tanto, que olvidó que tenía que tener la boca cerrada y gritó:
–¡Sí, soy la reina de las tortugas y me voy a otros países porque aquí no hay nada que merezca ser visto por mí!
Bueno, eso fue lo que quiso decir, porque apenas abrió la boca, empezó a caer por el aire, dando vueltas, y no tuvo tiempo de pronunciar una sola palabra. Lo único que se le oyó fue: AAhhhhhhhhhhhhhhhhh… ¡Patapáfate!…
Doña Tortuga cayó en mitad de la laguna. Cayó y rebotó. ¡Menos mal que sabía nadar! Muy agitada, llegó por fin a la orilla. Sus amigos los patos se alejaban, a todo volar, rumbo a los lejanos países del Oriente y Doña Tortuga apenas tuvo tiempo para hacerles adiós con la pata.
Los otros animales se acercaron a socorrerla y la acompañaron hasta su casa. Doña Tortuga se sintió muy triste, y al otro día, para distraerse y olvidar su pena, salió a dar una vuelta por los alrededores.
¡Pobre tortuga! Y ¿qué podemos aprender de lo que le pasó?

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La tortuga y los patos, Beatriz Barnes (adaptación). México, SEP-CEAL, 1988.
Lectura con 285 palabras.

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