La vendedora de nubes

Estándar
–¡Niña, las nubes no se venden!
–Pues yo la tengo que vender porque en mi casa estamos muy pobres.
–Yo soy licenciado, niña; y puedo afirmarte que las nubes no son de nadie, por lo tanto no pueden venderse.
–Pero ésta sí, es mía: me sigue a todas partes.
–En primer lugar, ¿cómo te hiciste de ella?
–Una noche la soñé y tal como la soñé amaneció frente a mi puerta.
–¡Con mayor razón! ¿Quién vende sueños? La juventud de ahora anda de cabeza.
El licenciado se aleja refunfuñando. Tras él, una señora se detiene. Lleva puestos unos collares tan largos que casi no la dejan avanzar; y brillan tanto que lastiman los ojos:
–A ver, ¿de qué es tu nube?
–De agüita, señora.
–¿Es importada?
–No, señora, es de aquí.
La señora arruga la nariz.
–Le puede regar su jardín –insiste la niña, le puede adornar el ventanal de la sala.
–¿Para que parezca cromo? ¡Dios me libre! Las nubes son anticuadas. Decididamente tu nube no tiene nada especial.
La niña sonríe a la nube para animarla. “Olvida el desaire”, le dice; y todavía está con la cabeza en el aire cuando un político de traje acharolado medita frente a ella:

–Creo que tu nube, niña, puede ser un elemento positivo en mi campaña para diputado. ¿Sabrá escribir letras en el cielo?
–Depende de las letras.
–Las del nombre del candidato. Todos las verían escritas encima de la ciudad. Si vienes mañana al centro, a la sede del partido…
–Oh, no señor, yo al centro no voy y menos a una oficina. Allá hay mucho smog, del más denso y negro, y se me tizna mi nube.
–Te pago un buen precio.
–No señor, fíjese que no.
El político se da la media vuelta.
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Magda Montiel S. y Elena Poniatowska “La vendedora de nubes” en La Vendedora de Nubes y otros Cuentos, Antonio Esparza, ilus. México, SEP-CONAFE, 1987.
Lectura con 295 palabras
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