Las brujas

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Estoy seguro de que ya les ha tocado alguna otra lectura de este libro, tan divertido, que nos explica cómo son estos seres malignos:

Mientras ella estaba allí sentada, fumando su maloliente puro y charlando, yo no dejaba de mirarle esa mano a la que le faltaba el pulgar. No podía remediarlo. Me fascinaba y no paraba de preguntarme qué cosas espantosas le habrían sucedido aquella vez en que se encontró a una bruja.
Tenía que haber sido algo verdaderamente espeluznante y aterrador, porque, de lo contrario, me lo habría contado. Puede que le hubieran retorcido el pulgar hasta arrancárselo. O quizá le habían obligado a meter el dedo en una cafetera hirviendo hasta que se le coció. ¿o se lo arrancaron de la mano como se hace con una muela? No podía remediar el intentar adivinarlo.
–Dime qué hacen esas brujas inglesas, abuela.
–Bueno –dijo ella, chupando su apestoso puro–, su artimaña favorita es preparar unos polvos que convierten a un niño en algún bicho que todos los mayores odian.
–¿Qué clase de bicho, abuela?
–Muchas veces es una babosa –dijo ella–. Una babosa es uno de sus preferidos. Entonces los mayores pisan a la babosa y la apachurran sin saber que es un niño.
–¡Eso es absolutamente bestial! –exclamé.
–También puede ser una pulga –dijo mi abuela–. Pueden convertirte en una pulga y, sin darse cuenta de lo que pasa, tu madre echaría insecticida y adiós.
–Me estás poniendo nervioso, abuela. Creo que no quiero volver a Inglaterra.
–Sé de brujas inglesas –continuó ella– que han convertido a niños en faisanes y luego los han soltado en el bosque justo el día antes de que empezara la temporada de caza del faisán.
–¡Aug! –dije– ¿Y los matan!
–Claro que los matan. Y luego les quitan las plumas y los asan y se los comen para cenar.
Me imaginé a mí mismo convertido en faisán, volando desesperadamente por encima de los hombres con escopetas, girando y bajando, mientras las escopetas disparaban.
–Sí –dijo mi abuela–, a las brujas inglesas les encanta contemplar a los mayores eliminando a sus propios niños.
–De verdad no quiero ir a Inglaterra, abuela.
–Claro que no. Ni yo tampoco. Pero no tenemos más remedio.
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Roald Dahl, Las brujas, Quentin Blake, ilus. México, SEP–Alfaguara, 2002.
Lectura con 374 palabras
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