Las colas de cerdo

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Pedro Urdemales pastoreaba una piara de cerdos cerca de un lugar pantanoso. Los animales no eran suyos sino de su patrón.
–¿Nos vendes esos cerdos?–le preguntaron unos viajeros que por allí pasaban.
Pedro se lo pensó bien y respondió:
–Los venderá, sí, pero sin cola.
A los viajeros no les importó la curiosa condición que les ponía, porque lo que querían no era la cola sino todo lo demás.
Así pues, pronto se pusieron de acuerdo y acabaron de cerrar el trato. Entonces el pastor cortó la cola a los cerdos. Los viajeros pagaron el dinero convertido y se llevaron los animales.
Pedro Urdamales, que tenía que justificar ante el dueño lo que había ocurrido con sus cerdos, fue a su encuentro y le dijo:
–Los cerdos se me han escapado y se han hundido en la ciénaga. ¡Lo siento! Sólo se les ven las colas.
El amo corrió hacia el lugar pantanoso y, en efecto, vio que en medio del cieno asomaban las colas de sus cerdos.
Ataron sendas cuerdas a dos de ellas y se dispusieron a sacar los animales hundidos. Pedro tiró flojito porque ya sabía que no había nada metido en el barro. En cambio, el dueño dio un tirón tan fuerte que cayó de espaldas al suelo, dándose un tremendo trompazo.
Nunca más volvieron a intentar sacar ningún cerdo de allí, y Pedro Urdemales aún se ríe de las trampas que urdió, y todavía disfruta del dinero que ganó con la venta de los marranos.
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“Las colas del cerdo” en El libro de los cuentos y leyendas de América Latina y España. México SEP-Ediciones B, 2007.
Lectura con 251 palabras
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