Las lluvias de otoño

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Jorge y Gloria se amaban más profundamente que el mar más profundo, más elevadamente que el planeta Plutón, más de lo que eran capaces de expresar.
Así pasó día tras día, semana tras semana, hasta que empezaron las lluvias de otoño y el viento del norte llegó con el frío.
Y todavía pasó más tiempo.
Jorge y Gloria habían prometido amarse el uno al otro para toda su vida y hasta que el tiempo una vez se detuviera.
Lo habían prometido solemnemente en medio de la lluvia, bajo un paraguas en el parque, en una banca brillantemente blanca (y se mojaron las nalgas).
Jorge le dio a Gloria un anillo con una piedra azul. Gloria le dio a Jorge un anillo con una piedra roja. Se los colgaron al cuello para que nadie los viera (porque nadie necesitaba verlos).
Pero ambos sentían el anillo contra sus corazones, que latían el uno para el otro.
El corazón de Jorge latía: Glo-ria-Glo-ria, y respiraba su nombre tan profundamente que lo llenaba por completo.
Entonces Jorge sentía que todo vivía dentro de él.
El corazón de Gloria latía lentamente: Jor-ge-Jor-ge. Cada vez que exhalaba, el nombre de Jorge salía.
Jorge en el corazón. Jorge en la respiración.
“Estar más viva que ahora, no es posible”, se decía Gloria.
Cuando Gloria pensaba en su estado de ánimo o en lo que iba a hacer en la noche, se contestaba a sí misma: “Todo está bien, vamos a hacer la tarea, vamos al cine o a dar una vuelta, o no haremos nada.”
Cuando Jorge se preguntaba si por la noche iba a ver una película en la tele o a salir con sus papás a dar una vuelta en su bicicleta, o si tenía ganas de tomar un té o un chocolate caliente, siempre pensaba:
“Gloria no tiene ganas de ver esa película, Gloria no tiene bicicleta, Gloria prefiere el chocolate caliente.”
Jorge y Gloria se sentaban juntos en la escuela.
Gloria y Santiago habían cambiado lugares.
Jorge y Gloria habían arrimado sus mesas unos centímetros más cerca uno del otro.
Al parecer la maestra no se dio cuenta de esto, o quizás si lo advirtió, y en su corazón existía un lugar para los cambios.
En los recreos ya no había, por lo menos, dos metros y treinta y siete centímetros entre ellos. Ya no había ni un milímetro.
Los que ahora los fastidiaban eran los más jóvenes e infantiles y los de la misma edad y los envidiosos y los que querían conocerlos.
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Tormod Haugen. Jelou y gudbay (o Las lluvias de otoño). México, SEP-Fundación Juan Rulfo, 1999.
Lectura con 421 palabras
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