Las montañas de plata

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–¿Estás loco? –replicó Alonso– La justicia te atrapará y de nuevo serás enviado

a trabajar en donde sea. Sólo te faltan dos años más de servicio obligatorio y luego serás libre.
–Mira, Alonso, tú no comprendes, yo soy indio; pero un indio sin familia, sin gente, sin tierra, no es nadie. No sé de dónde vengo y no puedo recordar ni a mis padres. Tengo que buscarlos. Por eso huyo.
–Es imposible, Martín. Recuerda que nadie sabe en qué batalla te capturaron y tú eras muy pequeño. ¿Por dónde podrías comenzar?
–Por aquí –contestó Martín, mientras se subía el pantalón y le mostraba una curiosa cicatriz con la forma de una media luna que tenía marcada en la pierna.
–¿Qué es eso? –preguntó Alonso– ¿Por qué nunca me la habías enseñado?
–No sé lo que sea, ni tampoco lo que signifique –le dijo Martín–, pero tal vez me sirva para encontrar a mi pueblo.
–¿Tú crees? –preguntó Alonso ya con entusiasmo–. ¿Alguien en San Felipe podría reconocerla?
–No lo creo, por eso he pensado escapar; tal vez me ayuden en San Luis Xilotepec, allí viven muchos chichimecas.
–¡Claro que sí! –exclamó Alonso– Allí vive el gran capitán don Nicolás, el más valiente de los otomíes; a él podríamos preguntarle.
–¿Podríamos? –inquirió Martín–. Gracias Alonso, pero este asunto es sólo mío. No puedes abandonar todo por esta aventura incierta.
Alonso tardó poco en convencer a su amigo. Él también quería huir pues lo aburrido de su trabajo le parecía insoportable. El comercio daba grandes fortunas pero, seguramente, habría otras oportunidades más divertidas y rápidas para enriquecerse.
Al día siguiente, aprovechando la confusión que provocaban las numerosas caravanas de San Felipe, Alonso y Martín se unieron a un grupo de arrieros con destino a San Luis Xilotepec. Iban felices y, muy emocionados, empezaron a recordar las historias que sabían del gran capitán don Nicolás. Los muleteros escuchaban embobados. Los muchachos les contaron cómo, muchas veces, don Nicolás se había enfrentado contra los pames, los copuces, los guamares y guachichiles, y cómo por fin había capturado y matado al terrible Macorro, jefe indio muy peligroso.

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Lydia Espinosa Morales, Las montañas de plata, Fabricio Vanden Broeck, ilus. México, SEP-FCE 2001.
Lectura con 355 palabras
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One Comment

  1. necesito el escrito del libro de las montañas de plata ya tengo el libro pero me interesa saber si tienen el escrito de la introduccion hasta el subtitulo de la despedida en la taberna

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