Las orejas de Urbano

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Una lengua, diez dedos, dos orejas.
Urbano es un niño como muchos de los que pueblan el mundo: se llena la boca de dulces, hace travesuras cuando menos se lo esperan sus papás, le gusta buscar caramelos, explora el fondo de sus narices, le parece horrible el sabor de la zanahoria cocida, sabe hacer excelentes pasteles de lodo, es un buen conductor de bicicletas y avalanchas, y además tiene una boca, una lengua, dos brazos, diez dedos en las manos y otros tantos en los pies, pelo en la cabeza y un solo ombligo en el centro de la panza.
En lo único en lo que Urbano es distinto de los demás es en las orejas: una es un poquito más grande que la otra, aunque la verdad hay que fijarse mucho para descubrir que son de diferente tamaño.
Su mamá, que había notado ese pequeño detalle desde su nacimiento, nunca le dio la mayor importancia. Y como a Urbano siempre le gustó tener el pelo largo, sus orejas casi no se veían. Con el paso del tiempo, tanto él como sus papás olvidaron esa pequeña desigualdad de tamaño.
Por eso Urbano era igualito a todos. O al menos así fue durante varios años.

¿Y después? ¿Qué sucederá cuando Urbano descubra que en ese pequeño detalle él es diferente. ¿Le parecerá un pequeño detalle, o le dará más importancia? ¿Qué se imaginan ustedes?
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Francisco Hinojosa, Las orejas de Urbano. Rafael Barajas “El fisgón”, ilus. México, SEP–Santillana, 2007.
Lectura con 233 palabras
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