Crisantemo

crisantemo

¿Alguna vez te has puesto a pensar en lo bonito que es tu nombre? Tus padres eligieron bien y lo escogieron pensando en ti. En este cuento vamos a leer qué le sucedió a una niña a la que le pusieron, ¿cómo creen? Crisantemo.
El día que ella nació fue el más feliz en la vida de sus padres.
―¡Es perfecta! ―exclamó la mamá.
―Sin lugar a dudas ―reconoció el papá.
Y lo era... Era absolutamente perfecta.
―Debemos elegir un buen nombre para ella ―sugirió la mamá.
―Su nombre debe ser perfecto ―indicó el papá. Y así fue.
Crisantemo. Sus padres le pusieron Crisantemo.
Crisantemo creció, creció y creció.
Y cuando fue lo suficientemente mayor como para apreciar su nombre, le encantó.
Le encantaba cómo sonaba cuando la despertaban.
Le encantaba escucharlo cuando su papá la llamaba a cenar.
Y le encantaba cuando lo repetía ella misma, muy bajito, adelante del espejo del baño. Crisantemo... Crisantemo... Crisantemo...
A Crisantemo le encantaba ver su nombre escrito en un sobre. Verlo hecho de merengue, en un pastel de cumpleaños. Verlo cuando ella misma lo escribía con un lápiz grueso de color naranja. Crisantemo... Crisantemo... Crisantemo...
Crisantemo pensaba que su nombre era absolutamente perfecto, hasta el día en que comenzó a ir al colegio.
Aquel día, Crisantemo se puso un vestido muy alegre.
Y se fue hacia la escuela corriendo, con la más radiante de sus sonrisas.
―¡Hurra! ―gritaba Crisantemo― !Viva el colegio!
Pero cuando la señora Charo pasó lista, todos se rieron al oír el nombre de Crisantemo.
―¡Es larguísimo! –dijo Josefina.
―A mí me pusieron el nombre de mi abuela ―replicó Victoria―. Tú, en cambio, te llamas como una flor.
Crisantemo agachó la cabeza. Cohibida ya no pensaba que su nombre fuera perfecto. Estaba convencida de que era horrible.
El resto del día no transcurrió mejor.
Victoria levantó la mano para indicarle a la señorita Charo que el nombre de Crisantemo tenia ¡diez letras!, ¡d-i-e-z!
―Si yo tuviera un nombre como el tuyo, me lo cambiaba ― insistió Victoria mientras los niños hacían cola para ir a casa.
―¡Ojalá pudiera!‖, pensó Crisantemo, descorazonada.
―¡Bienvenida a casa, hija! ― le dijo la mamá.
―¡Bienvenida a casa hija! ― le dijo el papá.
―La escuela no se ha hecho para mí ―respondió Crisantemo―. Dicen que mi nombre es el nombre de una flor. Hacen como que me arrancan, y hasta me huelen...
―No les hagas caso, cariño ―la consoló la mamá.
―¡Son unos envidiosos, unos maleducados y unos presumidos! ― añadió el papá.
―¿Quién no va a tener envidia de un nombre tan bonito como el tuyo?
Crisantemo se sintió un poquito mejor después de jugar un rato con sus papás, de comer su postre favorito ―bizcocho de chocolate con crema― y de que la mimaran durante toda la tarde con besos y abrazos. Aquella noche soñó que era un Crisantemo de verdad. Tenía hojas y pétalos. Victoria la había arrancado y le había quitado los pétalos y las hojas, una por una, hasta dejarla en un tallo desnudo y larguirucho.
Fue la peor pesadilla de toda su vida.
¡Pobre Crisantemo! Vamos a ver, mañana, si las cosas mejoran para esta niña.


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Kevin Henkes, Crisantemo, Teresa Mlawer, ilus. México, SEP-Everest, 2003.

 

Lectura con 529 palabras.

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