El hombre feliz

feliz

Había una vez un rey viejo y enfermo. Sabía que su muerte estaba próxima, pero como era tan poderoso se resistía a creer que la muerte pudiera llevárselo. Mandó reunir a los mejores médicos de su reino y cuando vio que eran incapaces de curarlo, ordenó venir a otros tantos de tierras muy lejanas. Pero no sirvió de nada: se estaba muriendo de puro viejo y contra eso, le dijeron, no había cura posible.
Entonces el rey supo de un sabio que vivía muy lejos y que tenía respuesta para todo. Al punto, envió a sus mensajeros a preguntar a aquel hombre qué era lo que podía curarlo.
Los mensajeros regresaron y dijeron:
―Su Majestad tiene que encontrar un hombre que no le pida nada a la vida, tomar su camisa y ponérsela. Si lo hace, se curará.
El viejo rey se puso muy contento y envió a sus consejeros a que buscaran por todo el reino a aquel hombre.
Mientras los consejeros se iban adentrando en tierras cada vez más lejanas, el viejo rey se debilitaba más y más. Una noche los consejeros escucharon hablar en voz alta a un hombre de rostro alegre y sano con una jarra de cerveza en la mano, que se encontraba en una esquina de la taberna donde se alojaban. Tenía aspecto de ser muy pobre, pues llevaba una chaqueta remendada y unos pantalones desgastados ya por el uso. De repente, golpeó la mesa con el puño y exclamó en voz alta:
―¡Yo no le pido nada más a la vida!
Cuando los consejeros escucharon estas palabras, se acercaron a él y le suplicaron que fuera con ellos para salvar al rey.
―¡Te hará más rico que lo que jamás hayas podido soñar! ―le prometieron.
―Pero si ya soy lo bastante rico ―dijo feliz el hombre―. Tengo todo lo que puedo necesitar.
Nadie pudo convencerle y los consejeros empezaron a desesperarse y optaron por ir rellenando con cerveza la copa del hombre varias veces hasta que éste cayó en un
profundo sueño. Entonces, lo metieron en su carruaje y lo condujeron rápidamente hasta el palacio del rey.
El anciano rey, muy debilitado, levantó una mano:
―¡Dadme su camisa! ―ordenó―. Me la pondré y así volveré a encontrarme del todo bien.
―¡Oh, Majestad! ―exclamaron los consejeros―. Parece que este loco feliz no lleva puesta camisa alguna...
Entonces, el anciano rey dejó escapar un largo y conmovedor gemido y murió. Tan sólo entonces los consejeros entendieron el significado último de las palabras del sabio: no hay en el mundo persona alguna que tenga todo lo que desea, y ni siquiera los reyes pueden vivir para siempre.

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Antonio Barber, Cuentos ocultos de Europa del este. México, SEP-Ramón Llaca, 2004.

 

Lectura con 441 palabras.

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