El tigre de Pablo

El tigre de Pablo, rincón de lecturas de sallita

Pablo tenía un tigre. Era grande y rayado como el que había visto en una libreta. El tigre era experto cazador de ratones y arañas.
En realidad era un gatito atigrado, pero como Pablo tenía cuatro años de edad y nunca había visto un tigre, siempre creyó que el suyo lo era. Para él, además, su gato era enorme; una fiera temible que dormía en su cama y lanzaba atronadores rugidos nocturnos.
El tigre se llamaba Andrés.
Pablo lo quería mucho y lloraba cuando no había carne para él, lo que, por desgracia, era demasiado frecuente. En realidad el pobre gato sólo había comido carne tres veces en su vida; algunos días ni siquiera le daban unos trozos de pan o un poco de leche y, como a
decir verdad, no era tan experto para sorprender ratones como creía Pablo, Andrés estaba hambriento y flaco.
Pablo también comía poco. Su madre le dijo una vez que su familia era pobre y él no entendió bien aquello, pero supo que, por alguna razón desconocida, los pobres eran los que no comían mucho y tenían tigres hambrientos en sus camas.
Ese día era un día feliz. Sobre la mesa brillaba, como una gran lámpara encendida en el atardecer, la botella de leche. Era día de tomar leche. Pero Pablo, a pesar de todo, miró a Andrés e hizo un gesto de tristeza: sabía que su madre pensaba obligarlo a beber buena parte de esa leche sin darle a Andrés siquiera unas gotas.
Se imaginó lo que sucedería con la botella: su padre y su madre tomarían una parte después de darle a él la suya y esconderían el resto. Durante el desayuno, Andrés rondaría la mesa no con terribles rugidos de la noche, sino con unos pequeños gemidos suplicantes, como si fuera un animalito inofensivo y no un tigre. Pero no le darían nada.
Pablo tuvo una idea. Trepó a la silla y agarró con las dos manos la botella de leche. Acercó el plato de Andrés y le empezó a dar la leche, hasta que el gato, que era bastante pequeño, quedó inflado como un globo y se alejó caminando con dificultad para dormir la siesta.
Cuando llegó la madre regañó duramente a Pablo y ese día no bebieron leche en la casa. El luminoso día se empañó.
Pablo no sabía entonces bastantes palabras como para explicar por qué le había dado la leche al tigre, pero si las hubiera sabido habría dicho que fue para contemplar cuando menos una criatura enteramente feliz en el mundo.

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Celebración de la palabra: Eduardo Lizalde y José Emilio Pacheco para niños. México, Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, 2009.

 

Lectura con 425 palabras.

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