Corazones perdidos.

Rincón de lecturas de sallita presenta: Corazones perdidos

¿Qué les parece que hoy leamos algo un poquito siniestro, misterioso, peligroso...? Que nos haga sentir amenazados. A ver qué les parece.
Stephen Elliott tenía once años recién cumplidos. A los seis meses de quedarse huérfano se había ido a vivir con su primo, el señor Abney.
El señor Abney era un tranquilo viejo de vida retirada. Era un gran erudito [sabio] en religiones antiguas, y había escrito muchos artículos sobre supersticiones y mitos del mundo entero. Vivía tan embebido [concentrado] en sus estudios que sus vecinos se sorprendieron de que se enterara siquiera de que su primo se había quedado huérfano. Y aún se sorprendieron más de que el señor Abney decidiera adoptarlo.
Stephen llegó a su nueva casa una fresca noche del mes de septiembre. El señor Abney recibió con alegría a su joven primo. Tras charlar un rato con él, ordenó a su ama de llaves, la señora Bunch, que le preparara la cena al niño.
La señora Bunch y el niño se hicieron muy amigos. El ama de llaves llevaba veinte años trabajando para el señor Abney y contestaba gustosamente a todas las preguntas que Stephen le hacía sobre la casa y su dueño. Procuraba que Stephen se sintiera lo más a gusto posible.
Una noche, Stephen se hallaba sentado junto al fuego con la señora Bunch.
–¿Es bueno el señor Abney y va a ir al cielo? –preguntó de repente.
–¿Qué si es bueno? –repitió el ama de llaves–. El señor es un santo como no hay otro. ¿No te he contado nunca cómo recogió en una ocasión a un niño de la calle? ¿Y a una niña también?
–No, cuéntamelo, señora Bunch –suplicó Stephen.
–Bueno, –dijo la señora Bunch–, de la niña no me acuerdo muy bien. El señor Abney la trajo a casa dos años después de que entré yo a trabajar. La pobre criatura era huérfana. Vivió aquí tres semanas. Luego, una madrugada, se marchó antes de que se levantase ninguno de nosotros. Nadie volvió a verla más.
–¿Y qué pasó con el chico? –preguntó Stephen.
–¡Ah! ¡Pobre muchacho! –suspiró la señora Bunch–. El señor lo encontró hará unos siete años. Era extranjero y no tenía a nadie en el mundo. Estuvo aquí un tiempo; luego se fue una mañana, igual que la niña. Y no volvimos a saber más de él.
Esa noche, Stephen tuvo un sueño extraño...
¿Qué sucedió con aquellos niños? ¿Amenaza algún peligro a Stephen? Si alguno de ustedes lo sabe, luego me lo cuenta.

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Steven Sorn, “Corazones perdidos” en Relatos de fantasmas, John Bradley, ilus. México, SEP-Limusa, 2007.

 

Lectura con 420 palabras.

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