El oso que no lo era.

el oso que no lo era

Érase una vez –para ser precisos, un martes– un oso que estaba parado en el lindero de un gran bosque mirando hacia el cielo. Allá, muy alto, vio una bandada de gansos salvajes que volaban hacia el sur.
Se volvió y miró los árboles. Todas sus hojas se habían vuelto amarillas y cafés y caían de las ramas una a una.
Sabía que cuando los gansos volaban hacia el sur, cuando las hojas caían de los árboles, el invierno no tardaba en llegar. Pronto la nieve cubriría el bosque y ya era hora de buscar una cueva para invernar.
Y eso fue, precisamente, lo que hizo.
Poco tiempo después –para ser precisos, un miércoles– llegaron unos hombres... muchos hombres que traían planos, mapas e instrumentos de medición.
Trazaron, proyectaron, midieron de un lado a otro.
A continuación llegaron más hombres con excavadoras, sierras y tractores. Excavaron, serraron, apisonaron y lo arrasaron todo. Trabajaron, trabajaron y trabajaron hasta construir una gran, inmensa, colosal fábrica justo encima de la cueva donde dormía el oso.
La fábrica funcionó durante el largo y frío invierno. Y entonces volvió la primavera.
Allá, muy hondo, debajo de la fábrica, el oso se despertó. Parpadeó y bostezó.
Aún medio dormido, se puso de pie y miró a su alrededor. Estaba muy oscuro. Apenas sí podía ver.
A lo lejos vio una luz. “¡Ah!– se dijo–, allí debe estar la entrada de la cueva.”
Subió las escaleras y salió fuera, donde brillaba un sol primaveral. Tenía los ojos medio abiertos y seguía con sueño.
Pero poco tiempo iba a estar con los ojos a medio abrir. De repente… ¡Pafff!... se le abrieron de par en par. Miró lo que tenía delante.
¿Dónde estaba el bosque?
¿Dónde estaba la hierba?
¿Dónde estaban los árboles?
¿Dónde estaban las flores?
¿Dónde estaba?
Todo le parecía raro. No sabía dónde estaba.
Pero nosotros sí, ¿no es verdad? Sabemos que está justo en medio de una fábrica que está trabajando.
“Seguro que estoy soñando –se dijo–. Claro que si. Eso es –y volvió a cerrar los ojos. Muy despacito los abrió otra vez y miró a su alrededor. Ahí seguían los inmensos edificios.
No, no era un sueño. Era todo de verdad.
En ese mismo instante salió un hombre por una puerta.
–¡Eh, tú, ponte a trabajar! –le gritó–. Soy el capataz y como no me hagas caso te voy a denunciar.
–Yo no trabajo aquí –dijo el oso–. Yo soy un oso.
¡Fantástico! El pobre oso convertido en obrero. Tengo que leer el libro completo, para saber qué más le pasó.

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Frank Tashlin, El oso que no lo era. México, SEP-Altea, 1987.

 

Lectura con 296 palabras.

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