La dama del abanico.

La dama del abanico, lectura del rincon de lecturas de sallita para cuarto grado de primaria

Era una dama de kimono que vivía en la plegada superficie de un abanico de papel. No vivía sola. Posada atrás de ella, una garza hundía su larga pata de coral en el agua de un lago. Mientras en el rincón de la izquierda, volaba otra garza.
Sin lluvia o nieve que viniesen a alterar el paisaje, sin frutos que sustituyesen a las flores del durazno, la dama y sus garzas parecían detenidas en el tiempo. Pero no lo estaban. El tiempo pasaba en el abanico, aunque a su modo. Pues cada vez que su dueño, un viejo mandarín, lo cerraba con un golpe seco, anochecía entre los dobleces. La dama entonces se dormía.
Sin embargo, bastaba que el mandarín abriera otra vez el abanico para que todos despertasen ¡Qué acalorado era aquel mandarín! Cada instante, ¡rraac!, abría el abanico, abriendo con él los ojos de la dama y sus garzas.
¡Y qué nervioso! Apenas se había abanicado, cuando ya lo cerraba nuevamente.
Abre y despierta, cierra y duerme, la vida en el abanico se hacía en rápidas noches y brevísimos días. Y no sobraba tiempo para el aburrimiento.
La esposa tenía modales muy diferentes. Todo, en ella era despacio. Del abanico, más que la brisa, disfrutaba el pausado gesto con que lo movía, acariciando el aire y su cuello. Casi no lo cerraba. Por encima, su mirada era lanzada con disimulo. Tras él, murmuraba secretos, escondía sonrisas y besos.
Con ella, los días se volvieron largos, a veces larguísimos para la dama del kimono. Tocaba su instrumento, miraba a sus aladas compañeras, y así se distraía. Sin embargo, las garzas, sin nada que hacer, comenzaron a encontrar el cielo de papel cada vez más limitado, y el horizonte de más allá, cada vez más tentador.
Y llegó un día en que la garza del rincón de la izquierda, aquella que desde siempre mantenía sus alas abiertas, las movió levemente, después con más fuerza, y aleteando libre, al fin, voló fuera del abanico.
Ahora sola, la garza del lago ya no tenía motivo para continuar ahí, con la pata sumergida en el agua. Estiró al fin la otra pata, irguió el cuello, desdoblando las alas que desde siempre habían permanecido cerradas y abrió su vuelo, abandonando el abanico.
Sin un gesto, la dama vio partir a su última amiga. No lloró, porque las lágrimas no se permiten en los abanicos de papel. Pero las pálidas manos dejaron de tañer las cuerdas. Y en su regazo, enmudeció el instrumento.

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Marina Colasanti, “La dama del abanico” en Entre la espada y la rosa. México, SEP-Salamandra, 1992.

 

Lectura con 418 palabras.

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