La caverna encantada

La caverna encantada

No te muevas de aquí. Sólo voy a comprar unos zapatos y enseguida vuelvo–. Manolo vio alejarse a su madre por el espejo retrovisor con una mezcla de tristeza y coraje. Nada le gustaba más en el mundo que ir de compras con ella, y sin embargo tenía que esperarla en el coche…Ya iba a entrar a cuarto de primaria, se sabía de memoria todas las capitales de los estados, andaba en bicicleta sin coger el manubrio, pero ella lo seguía tratando como un bebé. Y cuando la señora andaba de prisa, ni siquiera lo dejaba bajarse del coche, porque sabía que en el barullo del centro comercial él se soltaría de su brazo para ver sus tiendas favoritas –especialmente la de artículos deportivos– y ella tendría que corretearlo de aquí para allá, temerosa de perderlo entre la multitud…
En la bolsa del pantalón encontró el billete de cincuenta pesos que su papá le había regalado por sacarse buenas notas. ¿Qué diablos hacía encerrado en esa caverna si tenía dinero para divertirse allá arriba? Miró su reloj: eran las 5 y 20. Su madre tardaría cuando menos 15 minutos en elegir sus tacones. Tiempo de sobra para dar una vuelta por el centro comercial y regresar al coche antes de que ella terminara de probarse toda la zapatería.
Al bajar del auto dejo el seguro levantado para poder abrir cuando volviera. Corrió hacia el centro del estacionamiento y tomó el elevador transparente que desembocaba en una plaza… Se detuvo en la nevería y compró su helado favorito: un sundae de yogurt salpicado con nueces y chispas de chocolate. No tenía tiempo para sentarse a saborearlo. Con el helado escurriéndole por la boca se mezcló entre el gentío de mirones y compradores. Recorrió el largo pabellón donde había tiendas de alta costura, dio vuelta a la derecha en el conjunto de cines… y se detuvo en el magnífico aparador de su tienda favorita, La Deportiva, donde había una lancha amarilla de cuatro plazas, como las que competían en el maratón del Río Balsas… Ya que no podía aspirar a aventuras reales, se resignó a las aventuras mecánicas… Cambió veinte pesos por fichas en la sala de videojuegos, atestada de niños que gritaban y se disputaban las máquinas a empujones. Aturdido por las cifras del marcador, por los ruidos hipnóticos y por la obligación de dar en el blanco cada vez que disparaba contra su objetivo, olvidó que le quedaba muy poco tiempo para volver al coche. Cuando se le ocurrió mirar su reloj ya eran las 8:45. En la torre, pensó, mi madre me va a matar...

_____________________________________________________________
Enrique Serna, La caverna encantada. México, SEP-CIDCLI, 2002.

 

Lectura con 437 palabras.

_____________________________________________________________

 

_____________________________________________________________

Actividades interactivas divertidas de esta lectura

rellena huecosActividad 1.

Nos encontramos diseñando una actividad interactiva divertida para tí.

 

 


#Actividad 2.
Nos encontramos diseñando una actividad interactiva divertida para tí.

 

 


 

Design downloaded from free website templates.