Fantasmas de día

Fantasmas de día

Hay gente que ha tratado de imaginar que al morir, una persona puede seguir sintiendo y razonando como cuando estaba viva. Eso es lo que sucede en esta lectura.


Su voz sonaba diferente a la de todos los días, como si estuviera muy asustado.
–No puede estar muerto. Este barranco no tiene mucha profundidad, al menos no tanta como para matarse..., a nosotros no nos ha pasado nada.
–No le late el corazón. Y cuando el corazón deja de latir, uno se muere.
Me encantó sentir que incluso Seve parecía asustado. Además, me emocioné al ver lo preocupados que estaban con mi muerte.
Era estupendo notar que me querían, como también yo los quería, aunque jamás me había dado cuenta de ello hasta ese momento. Levanté una mano para quitarles la preocupación, porque me daba pena verlos sufrir.
Pues bien, ellos, en lugar de agradecérmelo, dieron un paso atrás y se pusieron a gritar como conejos.
–¡Se movió!
Entonces, para que volvieran a quererme otra vez, volví a quedarme quieto y con los ojos cerrados. Hasta oí cómo se acercaban de nuevo, primero Seve, luego Rodríguez, y al final José Ignacio.
Me dieron ganas de asustarlos otra vez; pero, como estaban tan callados, empecé a preocuparme, así que decidí dar un golpe de efecto. Me puse de pie de un salto, y grité:
–¡Estoy vivo! Pero no puede ser... –dije.
Y quise ser valiente, no asustarme demasiado, aunque tenía muchas ganas de llorar, porque de repente recordé que faltaban pocos días para mi cumpleaños. Y mi abuelo había dicho que a lo mejor, si me portaba bien, me regalaban una bicicleta de carreras, y es una lata morirse precisamente cuando hay posibilidades de tener una bicicleta, porque yo creo que me estaba portando bien.
–No puede ser –repetí, porque quería convencerme a mí mismo de que morirse no es tan fácil–. Si estuviera muerto de verdad, no podría hablar ni andar, y además los veo.
–Eso no importa. A lo mejor los muertos ven a los otros.
Empecé a sentir mucho miedo, porque ellos me miraban asustados, sin decir nada. Al fin, Seve se llevó la mano al pecho, se puso pálido, y empezó a tartamudear:
–A mí tamp... taaampoco me la... la... laaate... –gritó.


¿Qué le pasó a Seve?

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Lucía Baquedano, Fantasmas de día. México, SEP- SM, 2002.

 

Lectura con 381 palabras.

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