Al otro lado de la puerta

Al otro lado de la puerta, Ana Patricia ha sido castigada

Parada frente a la enorme puerta de madera, Ana suspiró.
Aquella puerta la hacía sentirse muy pequeña, débil e impotente.
Porque era la puerta inaccesible, la puerta inalcanzable, la puerta por donde entran los adultos, la puerta por donde entra papá.
–Es su estudio –explicó la abuela una vez–. Tú sabes que tu padre es curioso e inquieto y estudia esas cosas tan chistosas en lugar de ocuparse de los negocios.
Y la abuela le hace una leve caricia a Ana en los cabellos.
–Es ahí donde trabajo –contesta papá, evasivamente.
–Donde pierde el tiempo con sus amigotes –dice mamá–. Pretenden cambiar el mundo –añade con gesto de desprecio.
–Conspiran –musitó alguien, y la palabra desconocida flota misteriosamente y le da vueltas en la cabeza a Ana cuando, parada ante la enorme puerta, se muere de ganas de entrar.
Ana Patricia de los Ángeles Villagómez y Díaz es Pati para su hermano, Ana para su padres, Ana Patricia de todos los Demonios para su mamá cuando se enoja –como en este mismísimo momento, que ha castigado a su hija, poniéndola de rodillas, por haber hecho tropezar y caer a su hermano Paquito. Pero Ana no se arrepiente ni tantito de su travesura –de su espantosa iniquidad la ha calificado la madre– porque su hermano se lo merecía, por tonto y por presumido.
–¡Chin! –pensó Ana –y se reía para sus adentros al pensar en la cara que habría puesto la madre si supiera cuántas groserías se sabía por habérselas oído a los criados en la cocina, palabras que no comprendía, por otra parte, y que no se atrevía a formular más que en su mente porque si su madre la oyera, no iba ponerla de rodillas, capaz sería de enviarla ante el Santo Tribunal de la Inquisición.
Pero estar de rodillas es bastante incómodo. Ana apoya primero la rodilla derecha, luego la izquierda, la derecha, la izquierda. ¡Nada! Se le cansan las dos. Trataba de distraerse pensando cosas bonitas, pero cuando uno está de rodillas es muy difícil pensar en cosas bonitas. Y pensando en pensar cosas bonitas termina pensando en su papá, que es inteligente y bueno y guapo y consentidor. Pensando en su padre Ana es capaz de olvidar que está en esta miserable posición en la esquina del zaguán, que la odiosa criada Matilde establece sobre ella una cuidadosa vigilancia para que cumpla su castigo, de olvidar que mamá ha ido a la costurera, quien acaba de recibir no sé cuántos encajes y telas de la misma Francia. Y lo peor es que el castigo va a durar hasta que mamá regrese.

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Marinés Medero, Al otro lado de la puerta. México, SEP, 1986.

 

Lectura con 437 palabras.

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