El Periquillo Sarniento

El Periquillo Sarniento

Vamos a seguir con las andanzas del Periquillo. Vamos a ver cómo le fue en la escuela, y porqué sus compañeros le cambiaron el nombre de Sarmiento a Sarniento.


Periquillo va a de una escuela a otra


Llegado el día, hizo sus pucheritos mi madre, yo un montón de berrinches, pero nada valió para que mi padre cambiara su decisión: aunque no me gustara, me mandaron a la escuela.
El maestro era buena gente, pero no sabía dar clases. En esos días yo vestía saquito verde y pantalón amarillo. Esos colores hicieron que mis amigos me apodaran Periquillo. Pero como había otro Perico, una vez que me dio sarna quedé convertido en el Periquillo Sarniento.
Un día llegó un señor para inscribir a un niño en la escuela y, cuando vio la mala ortografía de mi maestro, le dijo:
–Me llevo a mi sobrino.
Después de eso, mi padre tuvo que buscarme un nuevo maestro. Cinco días después me llevó a su escuela y me dejó bajo su espantosa tiranía. Mi nuevo maestro era muy bilioso. Estaba convencido de que la letra con sangre entra, y raro era el día en que no nos azotara.
¡Qué no hizo mi madre, movida por mis quejas, para convencer a mi padre de que me cambiara de escuela! Pero él se mostró inflexible. Hasta que un día fue a la casa un religioso que ya sabía cómo era el famoso maestro, y contó tales cosas que mi padre decidió cambiarme de escuela.
¡Cuál fue mi sorpresa cuando la vi! Era muy amplia y limpia, llena de luz y bien ventilada. Dos años estuve allí, al cabo de los cuales medio sabía leer, escribir y contar.
Cuando terminé la escuela, mis padres comenzaron a ver qué sería de mi vida. Mi padre quería que yo tuviera un oficio. Mi madre protestaba:
–¿Qué dirá la gente –le decía– si ve que nuestro hijo está aprendiendo a ser sastre o algo por el estilo? ¿Te parece bien eso?
–Sí, mi alma –respondía mi padre–. Me parece muy bien que un niño aprenda un oficio, para que no ande mendigando. Lo que me parece malo es que tenga que andar de gorrón, o se dedique al juego.
Mi madre quería que yo siguiera estudiando. Y como ya no supo qué decir, comenzó a llorar. Con sus cuatro lágrimas echó por tierra la firmeza de mi padre. Como él la amaba, le dijo:
–No llores, hijita. Si es tu gusto que estudie, ¡pues que estudie!
Llegó el día en que me pusieron a estudiar, y fue con don Manuel Enríquez. Después de tres años terminé mis estudios con este maestro. Lo que mis padres no sabían era que, como en esa escuela había todo tipo de niños, yo había escogido por amigos a los peores y me había convertido en el más maldito de todos.


Tenemos que cuidar quiénes son nuestros amigos.

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José Joaquín Fernández de Lizardi, El Periquillo Sarniento. Sus extraordinarias venturas y desventuras contadas por Felipe Garrido. México, SEP, 2006.

 

Lectura con 485 palabras.

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Click para ver las otras lecturas de Periquillo:

El Periquillo Sarniento. Lectura II

El Periquillo Sarniento. Lectura III

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