Celestino ha desaparecido

burro, celestino

Toda esa noche llovió, pero como yo estaba tan cansado, no me detuve a pensar que mi Celestino se estaba mojando en la calle, amarrado nomás a la reja de la ventana y, lo que es peor, no me detuve a pensar que se le estaría cayendo todo el tizne y estaría más azul que nunca. Después de haberme despedido de todos los de la casa, salí dispuesto a cargar a Celestino con mi liachito para irnos en busca de mi padre. Colgado de la reja nomás me encontré el mecate con el que había dejado amarrado a Celestino el día anterior. De mi burro, ni sus luces. Empecé a llamarlo, creyendo que se habría ido por ahí cerquita: “Celestinoooo, Celestinooooo”, y nada de mi burro. Sentía cómo poco a poco se me iba haciendo un nudo en la garganta; ¿cómo iba a regresar a casa sin mi Celestino? ¿Cómo iba a vivir sin él de ahora en adelante? No aguanté más, me senté en una esquina hasta donde había llegado buscándolo y me puse a llorar. ¿En qué manos andaría mi burro? ¿Le habrían dado de desayunar? Las preguntas se me amontonaban en la cabeza cuando de pronto un hombre se detuvo a preguntarme que me pasaba. El hombre –luego supe que se llamaba don Rufino– llevaba unos cántaros de agua colgando de un enorme bastón que cargaba sobre sus hombros. En la cabeza, acomodada con una tira de tela gruesa, llevaba otro cántaro. Olía fresquito, a barro húmedo.
Don Rufino se conocía la ciudad de cabo a rabo y era amigo de todos; era aguador, repartía agua de casa en casa, recorriendo la ciudad con sus cántaros. Además lo ocupaban para algunas otras cosas, como llevar recados de amor a las señoritas y curar a los gatos. Le expliqué que me habían robado mi burro, que debía volver a mi casa ya pronto, que papá me esperaba. Don Rufino era un buen hombre y me pidió las señas de Celestino para ayudarme. En ese momento me acorde que la noche anterior había llovido, que Celestino debía tener su color natural, que seguramente andaría por ahí tan azulito como el cielo.
–¡Claro! –me dijo don Rufino– yo vi a unos hombres que llevaban un burro azul. Me dijo que él me ayudaría...

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Magolo Cárdenas, “Celestino ha desaparecido” en Celestino y el tren. México, SEP, 1986..

 

Lectura con 383 palabras.

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