En México

México

En México los niños de ayer teníamos las vacaciones en diciembre y enero. Cuando yo era chica, pasábamos en casa Navidad y Reyes, y después salíamos fuera de la ciudad.
Íbamos a Chapala y a las haciendas de Jaral de Berrio y de Santa Inés de la Borbolla, cerca de San Andrés Chalchicomula, que colinda con la Hacienda de Santiago Ocotepec, pues pertenecían a dos hermanas de la familia Mier, y estaban unidas por un trenecito de mulas que nos divertía mucho. Al administrador, honrado y trabajador, todos lo querían y lo llamaban el amo.
Recuerdo que al amanecer nos despertaba el Alabado, oración cantada por los campesinos cuando se dirigían a sus labores, y que cada día nos traía nuevas ilusiones. Estando allí, un día discurrieron hacer tamales; la cocina fue ese día el centro de atracción. Era una de esas cocinas poblanas que tienen el brasero en el centro y las paredes tapizadas de cazuelas.
La cocinera molió el maíz cacahuazintle en un enorme metate oaxaqueño y después se puso a preparar las salsas de mole verde y colorada con pollo y carne de puerco.
Y mientras decía “cuidado y me hagan amuinar, porque los tamales no se esponjan; la masa se escurre y hay que contenerla rociándola con pulque y bailándole a la olla alrededor mientras los tamales se están cociendo”.
Mis hermanas y yo nada más pelábamos los ojos, pues cada una de las palabras de la cocinera nos impresionaba.
Por fin, cuando la masa estuvo lista y empezó a envolver los tamales, muchas manos le ayudaron, pues la cocina había sido invadida por distintos personajes que habían llegado atraídos por el sabroso olor que despedían los chiles tostados.
Felipa, que así se llamaba la cocinera, puso en el suelo un anafre de los buenos, de los de antes, lo encendió y acomodó en él una olla tamalera poblana y después de ponerle agua, una moneda y la parrilla, fue metiendo los tamales y acomodándolos para que se cocieran. Todos nosotros nos sentamos entonces alrededor a esperar que estuvieran listos, para entretenernos, cada uno de los que estaban allí contó un cuento.
El primero en hablar fue el caporal, a quien llamábamos el Vale, era un simpático viejecillo que había sido arriero entre Morelia y Tierra Caliente. Él empezó por decir: “Y ahora, muchachos, a echar cuentos, porque estas cosas tienen sabor en la noche y hay que contarlas para saber pasar el rato...”

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Teresa Castelló Iturbide, “En México” en El pozo de los ratones. México, SEP-FCE, 1991.

 

Lectura con 408 palabras.

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