La casa del abuelo.

la casa del abuelo, lectura para niños de quinto grado

Apenas recuerdo la casa de los abuelos, estaba en donde ahora se encuentra el cine Ópera sobre la calle de Serapio Rendón, en la colonia San Rafael, a media cuadra de la Ribera de San Cosme, y en donde, por cierto, ya no pasan películas.
Desde que fue el temblor de 1985 dejó de funcionar como cine y ahora sirve como sala de conciertos para cantantes y grupos modernos. Pues precisamente allí estaba la casa de los abuelos.
Ni te imaginas lo que era eso: ¡parte del convento de San Cosme!
Resulta que el abuelo lo compró así como estaba, es decir, como convento. Con la compraventa se quedó sin dinero y no lo pudo arreglar, de tal forma que así se metió a vivir con su familia.
En ese tiempo sólo quedaban mis abuelos y dos tías jóvenes solteras, los demás hijos ya estaban casados. Me acuerdo que cuando los íbamos a visitar, todos los primos nos poníamos a jugar a las escondidas en el montón de cuartitos que había, ahora sé que eran celdas de las monjas, incluso, algunos ya no tenían ni siquiera techo, así que a todos los chamacos nos gustaba mucho ir allí, nos la pasábamos muy bien.
Cuando obscurecía, el abuelo, nos platicaba historias de espantos. Ya te imaginarás como salíamos de allí. La entrada era un pasillo que a mí se me hacía inmenso, largo, largo y bien obscuro, y al final tenía una lucecita que para nada servía, con un foco chiquitito. Cuando salíamos en la noche para irnos ya a nuestra casa, yo me apretujaba contra mi mamá porque sentía que si me acercaba a la pared, iba a salir una mano para agarrarme o iba a sentir en mi oído el soplido de los muchos espíritus que supuestamente vivían allí.
Me acuerdo que a veces veíamos unas monjas caminando por los pasillos que unían a los cuartitos, en medio de nuestros juegos.
Cómo me llamaba la atención su largo hábito negro y blanco, y el rosario que les colgaba de la cintura y casi tocaba el suelo; siempre traían las manos metidas en las mangas de su vestido. Al principio se me hacía raro verlas allí, pero luego tanto mis primos como yo nos acostumbramos a su presencia, hasta las saludábamos, sin embargo, nunca nos contestaban, ni siquiera levantaban los ojos del suelo.
Jamás les vi la cara, se me figuraba que estaban tan feas que les daba pena que las viéramos.

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Cecilia Colón, “La casa del abuelo” en La bailarina del Astoria y otras leyendas. México, SEP-Plaza y Valdés, 2004.

 

Lectura con 412 palabras.

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