Cuentos de terror

cuentos de terror

Una noche llamaron violentamente a mi puerta. La anciana ama fue a abrir, y un hombre de tez cobriza y ricamente vestido, aunque según una moda extranjera, y armado con un largo puñal, se dibujó a la luz de la linterna de Bárbara. La primera reacción del ama fue de pavor; pero el hombre la tranquilizó y le dijo que tenía necesidad de verme en el acto para un asunto que concernía a mi ministerio. Bárbara lo hizo subir. Yo iba a acostarme. El hombre me dijo que su señora, una gran dama, se hallaba in articulo mortis y que reclamaba a un sacerdote. Respondí que estaba listo a seguirlo; recogí lo que necesitaba para administrar la extremaunción y bajé a toda prisa. Ante la puerta hacían ruidos de impaciencia dos caballos negros como la noche; brotaban de sus pechos intensas oleadas de vapor.
El hombre sostuvo mi estribo y me ayudó a montar en uno de ellos; saltó luego al otro, apoyando tan sólo una mano en el pomo de la silla. Apretó las rodillas y soltó las riendas a su caballo, que partió como una flecha. El mío, cuya brida tenía él sujeta, emprendió asimismo el galope y se mantuvo perfectamente emparejado con el suyo.
Devorábamos el camino; la tierra se deslizaba, gris y borrosa, bajo nosotros, y las negras siluetas de los árboles huían como un ejército derrotado. Atravesamos un bosque de una oscuridad tan opaca y glacial que sentí correr sobre mi piel un escalofrío de supersticioso terror. Las estelas de chispas que las herraduras de nuestros caballos arrancaban a las piedras iban dejando a nuestro paso como un reguero de fuego, y, si alguien, a esa hora de la noche, nos hubiera visto, nos habría tomado por espectros cabalgando en una pesadilla.
De cuando en cuando, se atravesaban fuegos fatuos en nuestro camino, y las cornejas chillaban lastimeramente en la espesura del bosque, donde brillaba de tarde en tarde los ojos fosforescentes de algunos gatos monteses.
Las crines de los caballos se desgreñaban cada vez más, el sudor chorreaba por sus flancos, y el aliento salía ruidoso a presión de sus ollares [los orificios de sus narices]. Sin embargo, cuando los veía desfallecer, mi acompañante, para reanimarlos, lanzaba un grito gutural que nada tenía de humano, y la carrera proseguía con furia.

_____________________________________________________________
Mauricio Molina, Cuentos de terror. México, SEP–Alfaguara, 2002.

 

Lectura con 387 palabras.

_____________________________________________________________

 

_____________________________________________________________

Actividades interactivas divertidas de esta lectura

rellena huecosActividad 1.

Nos encontramos diseñando una actividad interactiva divertida para tí.

 

 


#Actividad 2.
Nos encontramos diseñando una actividad interactiva divertida para tí.

 

 


 

Design downloaded from free website templates.