El diablo de la botella

El diablo de la botella

Quien tuviera la botella podía pedirle lo que quisiera al diablo que estaba dentro. Pero si no se deshacía de ella antes de morir, iría al infierno. Hoy veremos cómo sufre un joven matrimonio que se ama y que no puede vender la botella porque –se me olvidaba– la obligación es venderla más barata que como se compró: alguno de los dos tendrá que condenarse.


La tristeza se apoderó de su espíritu. Se sentaban de noche en su casa nueva, después de un día agotador, y no cruzaban una palabra; o de repente, el silencio se rompía con los sollozos de Kokua. Algunas veces rezaban juntos; otras veces ponían la botella en el piso y observaban toda la noche cómo se movía la sombra adentro. En esos momentos les daba miedo descansar. Pasaba mucho tiempo antes de que pudieran entregarse al sueño, y si uno de los dos dormitaba, era sólo para despertar y escuchar al otro llorando silenciosamente en la oscuridad; o quizás se despertaba y se hallaba solo, porque el otro había huido de la casa, para alejarse de esa botella, para pasear bajo los plátanos en el jardín, o para recorrer la playa a la luz de la luna.
Una noche Kokua se despertó, y vio que Keawe se había ido. Tocó la cama, y su lugar estaba frío. Entonces el miedo se apoderó de ella. Un poco de luz de luna se filtraba por las persianas. El cuarto estaba iluminado y podía verse la botella en el piso. Afuera, el viento soplaba con fuerza, los árboles de la calle gemían y las hojas caídas crujían en el balcón. En medio de esto, Kokua distinguió otro sonido; si acaso era de una bestia o de un ser humano, apenas podía saberlo, pero era un sonido tan triste como la muerte, y la
hería hasta el alma. Suavemente se levantó, entreabrió la puerta, y vio el jardín iluminado por la luna. Allí, bajo los plátanos, estaba Keawe, con la boca en el suelo, gimiendo.
Lo primero que se le ocurrió a Kokua fue ir corriendo a consolarlo; pero se detuvo. Keawe se había comportado delante de su esposa como un hombre valiente; ella no podía, en su momento de debilidad, entrometerse en su pena. Pensando en esto, regresó a la casa.

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Robert Louis Stevenson, El diablo de la botella. México, SEP–Norma, 2002.

 

Lectura con 383 palabras.

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