Aventuras de La Mano Negra

Aventuras de la mano negra

Ésta es una lectura de suspenso, así que no se sorprendan si algunas cosas quedan en el misterio. ¡Atención!


La Mano Negra observó con desconfianza al hombre que leía el periódico al revés. De pronto Kiki jaló a Félix de la manga.
–¡El maletín!–murmuró al verlo, y miró de reojo las maletas que estaban enfrente de ellos–. Antes de que entrásemos en el túnel, ese hombre no tenía ningún maletín.
Cuando poco después se detuvo el tren, el primero en bajar fue el extraño viajero. Los cuatro amigos saltaron tras él.
–¡Hola niños! –gritó un hombre y les hizo señas con el sombrero. Era el tío de Rollo. Pero no le hicieron mucho caso, pues miraban al sospechoso que acababa de salir del andén.
–¡Miren el número de su maletín! –ordenó Félix.
Sólo entonces saludó La Mano Negra a su anfitrión y al cochero, que se llamaba Luis.
–Y ahora suban, muchachos –gritó el tío Pablo.
La Mano Negra no obedeció porque observaba atentamente al hombre del tren que abría la portezuela del coche.
Kiki pellizcó a Adela en el brazo y le guiñó un ojo. Luego dijo en voz baja:
–¡Esténse tranquilos! Yo sé dónde está el maletín.
Que el maletín del sospechoso estuviera precisamente bajo el pescante, el asiento del cochero, cerca de Luis, seguía extrañando a Rollo. Y todavía por la noche, ya en la cama, continuaba cavilando.
El reloj de la torre acababa de dar las 10, cuando oyó pasos fuera. Se levantó y miró por la ventana.
–¡Despierta! –siseó.
El resto de La Mano Negra se levantó.
–¿Qué pasa? –preguntó Adela, y bostezó.
–Luis, con el maletín –murmuró Rollo.
En seguida estuvieron todos completamente despiertos.
–¡Ponte los calcetines! –ordenó Félix.
Luego descendieron al piso de abajo. A los pocos pasos Rollo levantó la mano en señal de aviso.
–¡Allí, una luz!
A través de un agujero en el suelo salía una luz mortecina. Rollo se arrastró con cuidado y contuvo la respiración. Miró por la rendija y vio la habitación de Luis, que en ese momento estaba abriendo la maleta y sacaba una lata. Luego cogía una navaja y –¡zas!– levantaba la tapa. Luis echó el contenido en la mesa y comenzó a contarlo.
–¡Si yo pudiera ver qué cosas está contando! –murmulló Rollo.
También los otros miraron a través de la rendija del suelo y en último lugar lo hizo Adela. Cuando se levantó, se tocó la frente y suspiró:
–¡Ni se lo imaginan, muchachos! ¿Saben qué es lo que cuenta este individuo ahí abajo?


Si los miembros de La Mano Negra lo saben, ¡bien por ellos!, pero yo no lo sé, y me urge saberlo. ¿Alguien ya leyó el libro?

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Hans Jûrgen Press, Aventuras de La mano negra. México, SEP–Planeta, 2003.

 

Lectura con 449 palabras.

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