La casa imaginaria

La casa imaginaria

Yo vivo en la buhardilla de un edificio muy especial que da al parque del Retiro, en Madrid, y, desde mi ventana, por una pendiente de tejados rojos y antenas parabólicas, se divisan las copas entrelazadas de los árboles, el brillo del lago donde paseamos en lancha y las luces del rayo láser que se proyecta de noche en el cielo cuando está abierta la discoteca.
Vine a instalarme en secreto a finales del verano, y no hay mucha gente que conozca la existencia de este refugio. Todo el mundo supone que vivo en una casa normal, con el frigorífico lleno de frasquitos de yogurt, y docenas de calcetines deportivos puestos a secar en el tendedero del patio; que mi madre me obliga a cepillarme los dientes, como corresponde a una niña de mi edad, y me prepara el desayuno antes
Pero yo nunca desayuno leche con miel. Un día tomo fresas y manzanas, otro pan de dulce, según lo que me encuentre cuando me levanto. Luego me voy a clase y nadie sabe de dónde vengo. Un día me baño en la regadera y me pongo la camiseta limpia, y otro no. Un día aprendo la lección de historia, y otro no. Esa es la ventaja de vivir en una casa como la mía. Puedes hacer lo que se te antoje. Y nadie te obliga a apagar la luz a la hora de dormir, ni a cerrar los balcones cada vez que hay tormenta.
Por eso prefiero pasar las tardes aquí, en vez de reunirme mis amigos a ver videos. Tampoco suelo asistir fiestas de cumpleaños; unas veces porque no me invitan y otras porque no tengo muchos amigos, esa es la verdad. Hasta que apareció Valentina nunca había ido al cumpleaños de nadie. El año pasado ni siquiera estuve en el mío.
Valentina nos llamó la atención cuando llegó al colegio porque es negra y en mi colegio no había alumnos negros. Llevaba el pelo recogido en una trenza que le colgaba hasta la cintura. Y el primer día se dedicó a esquivar los tirones de los muchachos con una habilidad que le granjeó la simpatía de toda la clase. No se enfrentó con ellos directamente. Se puso a hablarles de futbol y motociclismo, y se inventó que era amiga de ese campeón que sale en todos los periódicos. Ninguno consiguió jalarle la trenza y todos se quedaron tan contentos.
–Esta sí que es una muchacha con la que se puede hablar – comentaron–, no como Claudia.
Y es que yo enseguida me pongo furiosa porque no aguanto las injusticias. "Claudia es una antipática", dicen.

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Pilar Mateos, La casa imaginaria. México, SEP–FCE, 2001.

 

Lectura con 437 palabras.

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